A mansalva

Lenta y pausadamente, disfrutando con sadismo cada minuto de sufrimiento padecido por su víctima, la dictadura cubana asesinó al opositor Orlando Zapata Tamayo.

En Cuba -el paraíso comunista, y de los guerrilleros uruguayos que allí se entrenaron para preparar las acciones contra las Instituciones, que trajeron de la mano a la dictadura y que ahora al amparo del perdón se aprestan a acceder al poder- la disidencia es un delito.

Zapata Tamayo fue un disidente. Detenido y encarcelado junto a un grupo opositor de 75 personas (Alternativa Republicana) en marzo de 2003, fue condenado a 28 años de cárcel, pena extendida luego hasta 36 por "desacato", "desorden público" y "desorden en establecimientos carcelarios". Es que esa es la tipificación que la dictadura cubana da a la oposición.

En la cárcel padeció torturas y malos tratos hasta que reclamó la consideración que merecía como preso de conciencia que era, así considerado por Amnesty Internacional. La respuesta fue más tortura y más destrato, y entonces se declaró en huelga de hambre. Tenía 37 años, y a palos y padecimientos primero, y dejándolo morir después como un perro, sin asistencia médica, lo asesinaron a mansalva.

La reacción internacional democrática protestó en cadena. Reclama el Mundo, reclaman las organizaciones dedicadas a proteger a los derechos humanos, pero esa vida ya se perdió y conjuntamente con otras, no se recupera más. Y mientras la hipocresía de Raúl Castro, lamenta la muerte pero dejando constancia que no hubo ejecución, como las hay en Guantánamo, aquí, en el Uruguay Campeón de los Derechos Humanos, nadie dice nada.

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