La odisea de Zapata

Las noticias que nos llegan desde Cuba, hace medio siglo que se caracterizan por ser malas noticias. Suelen ser como bofetadas a la democracia, a la libertad, a los hombres libres. Acaba de llegarnos una de esas noticias: un albañil de 42 años, de nombre Orlando Zapata, tras 75 días de huelga de hambre, se encuentra gravísimo. Este hombre, cuyo único delito es oponerse al gobierno comunista, está condenado a 36 años de prisión y tiene el honor de engrosar la lista de prisioneros de conciencia de Amnistía Internacional.

Zapata nos trae el recuerdo de otra mala noticia que nos abofeteó hace siete años: en la Primavera Negra de 2003, fueron detenidos 75 disidentes cubanos. Entre ellos estaba él. Todos ellos, desde entonces, han sufrido malos tratos, incertidumbre, reclusión en calabozos indecentes, traslados dentro del país para que a sus familiares les resulte acrecidamente engorroso visitarlos (por ejemplo, de La Habana en la costa, los llevan a Camaguey en el centro de la isla). Zapata se sacrificó para llamar la atención de la comunidad internacional. No podemos dejar que su sacrificio, en momentos que lo trasladan y alimentan contra su voluntad, en momentos que corre riesgo de muerte, pase inadvertido. Esto sería lo que querrían sus carceleros y los cómplices que estos tienen en todo el mundo, incluyendo Uruguay.

Su madre, Reina Tamayo, una campesina que tuvo que viajar a Camaguey desde la aldea donde vive, en el Este del país, describió el episodio así: "Fue todo sorpresivo. Lo sacaron en camilla, con sueros y oxígeno. No podía hablar. Queríamos verle, tenía vómitos y fiebre, porque lleva 75 días a base de agua y tiene varios órganos afectados. Uno de los médicos le dijo a su hermana que se podía morir en cualquier momento."

Un detalle más, de maldad refinada: Reina Tamayo suplicó que le permitieran ir con él en la ambulancia que lo llevaría a La Habana. Pero no, llenaron el vehículo con hombres armados (claro, Zapata, desfalleciente, es tan peligroso…). Y Reina Tamayo tuvo que buscar un autobús que cubriera los 500 kilómetros que la separaban de la capital y pagar, a pesar de su pobreza, para estar cerca de su hijo.

Pero es bueno recordar en este momento que Orlando Zapata, pese a su origen humilde, esgrime ideas que perturban a los tiranos. Por algo es uno de los disidentes más castigados. Ya en 2002 fue detenido en varias ocasiones por su activismo en el campo de los derechos humanos. Léase bien: derechos humanos. Lo que damos por sentado en las democracias pero cuya defensa, en ámbitos como el cubano, es delito.

Sigamos: su última captura, se produjo el 20 de marzo de 2003, mientras participaba en un ayuno para pedir la libertad de varias personas, incluyendo el médico Óscar Elías Biscet. La condena inicial, a tres años de reclusión, fue por "desacato a la figura del Comandante (el señor Fidel Castro)". A ésta se fueron agregando otras sentencias que le cayeron encima en cinco procesos judiciales sin garantías, donde la condena trepó al total de 36 años. Desde entonces, Zapata ha estado sometido a constantes cambios de prisión, palizas y aislamiento.

Ah, y no olvidemos otros crímenes de Zapata: participó en el Proyecto Varela, una iniciativa ciudadana para reformar la Constitución e impulsar la apertura democrática (el proyecto llevó a buena parte de sus activistas a la cárcel) y además, según Oswaldo Payá, premio Sajarov del Parlamento Europeo, el régimen de los hermanos Castro "se ha ensañado con Orlando Zapata porque es negro, por su dignidad y porque mantiene la bandera de los derechos humanos."

Esto ocurre hoy en nuestra América. Esto, desgarrador, espeluznante, no es tenido en cuenta por muchos izquierdistas de esta América, sencillamente porque acontece bajo un régimen que agita la bandera de la izquierda, como si ello fuera un sello de calidad, un emblema de garantía de que la barbarie existe pero está en el buen camino. Como dijo el disidente Oswaldo Payá: "Las dictaduras no son ni de izquierda ni de derecha, sino dictaduras".

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