DANIEL HERRERA LUSSICH
En WASHINGTON
CORRESPONSAL PERMANENTE
La negativa china a radicalizar sanciones a Irán, las maniobras monetarias que provocan desequilibrios, la visita del Dalai Lama a la Casa Blanca, la venta de armas a Taiwán y la posición del país asiático en Copenhague, han agravado diferencias.
No se puede hablar de una "nueva guerra fría", pero las relaciones entre Estados Unidos y China han tomado una peligrosa pendiente de deterioro. Hasta hace unos meses, los dos gigantes mantenían un diálogo relativamente fluido. Hoy viven momentos de extrema tensión diplomática, aunque siempre bajo ciertas normas de respeto ante intereses mutuos. Pero son muchos los campos de fricción. Y ambos gobiernos no dejan de dar pasos que molestan al otro.
El más reciente se originó el jueves pasado, cuando Barack Obama recibió a lo largo de una "tímida visita", sin los protocolos que habitualmente se da a los presidentes o primeras figuras internacionales, al premio Nobel de la Paz, el líder espiritual tibetano, Dalai Lama, pero con pleno conocimiento de que la actitud de la Casa Blanca "irritaría y provocaría las protestas públicas" del gobierno de Beijing.
El Dalai Lama, exiliado en India desde 1959, brega desde larga data con su palabra de paz por la autonomía del territorio del Tíbet. Los chinos lo tildan de "agitador tibetano".
En el anterior viaje del Dalai Lama a Washington, en octubre pasado, el cuadro de recibimiento fue muy diferente. El monje obligado sólo conversó con sus seguidores, radicados en Estados Unidos, y ofreció un par de conferencias en universidades. El gobierno de Barack Obama, enfrascado en la visita oficial que haría un mes después a China, desestimó cualquier posibilidad de un encuentro que hiriera las susceptibilidades del gigante asiático.
Ahora las cosas han cambiado radicalmente. Existen tres puntos de fricción importantes entre ambos países: la negativa china a aplicar nuevas sanciones a Irán; la falta de cooperación para impedir la carrera armamentista de Corea del Norte y el manejo monetario chino para crear condiciones desiguales en el comercio.
Y otros asuntos se han sumado, provocando mayores roces en las deterioradas relaciones bilaterales: la venta de armas de Estados Unidos a Taiwán, la posición extrema china en la Cumbre de Copenhague contra el cambio climático (categórica negativa a toda reducción de las emisiones de gases CO2) y los ataques de ciberespionaje y censuras a "Google" por parte del actual gobierno de Beijing.
En estos momentos, el punto que crea mayores diferencias del gobierno de Obama hacia China surge por la negativa a unirse a la posición prioritaria de la Casa Blanca, Europa y en principio también Rusia, de promover sanciones más radicales a Irán (amenaza con el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU), ante la negativa del gobierno de los Ayatolás de permitir controles sobre las plantas de enriquecimiento de uranio. Beijing es partidario de no cortar el dialogo con Teherán y da prioridad en su agenda a las compras de petróleo de Irán.
Por otro lado, se han acentuado las divergencias económicas. China, un país con fuertes reservas (las ubican en los 2.500 millones de dólares), además titular de un fuerte contingente de bonos del tesoro americano y maniobrando, según acusa el gobierno de Obama, el FMI y Europa, con un yuan absolutamente subvaluado para inundar los mercados del mundo sin competencia en los precios, ha salido de la recesión y se ha convertido en una poderosa realidad económica. Hace oídos sordos a todas las críticas de que su política provoca el desequilibrio de las economías en general. Los datos de PriceWaterhouseCoopers vaticinan que en poco tiempo será la segunda potencia económica y en 2020 podría suplir a Estados Unidos en el tope de la elite mundial.
Una idea del crecimiento comercial chino surge de los números con respecto al intercambio con América Latina. En sólo 8 años, las exportaciones latinoamericanas hacia el país asiático aumentaron 45% frente a un incremento del 20% en Estados Unidos.
En esa puja entre los dos países, a fines de enero, Estados Unidos anunció la firma de un acuerdo de venta de armas con Taiwán, autorizado por ley de 1979, que le permite suministrar material defensivo. Esta transacción alcanzaría los 6.400 millones de dólares y abarcaría misiles, buques y aviones. China reaccionó de inmediato y anunció que considera a Taiwán una provincia rebelde y no permitirá su armamentismo. Amenazó con cortar los intercambios militares con Washington y sancionar a las empresas estadounidenses relacionadas con la fabricación del material de la operación de venta, entre ellas la poderosa compañía Boeing.
Sin duda, una larga cadena de diferencias. Por ahora ingresadas en un acalorado intercambio de palabras, algunas duras, pero que no pasan de reacciones emocionales que no van más allá de limitadas amenazas diplomáticas.