Una semana atrás la OTAN lanzó en el sur afgano la ofensiva más importante desde el inicio de la guerra en 2001. Aunque el desenlace demore semanas, los 15.000 efectivos proseguirán el ataque hasta controlar este sitio estratégico para el talibán.
Dos semanas atrás las tropas internacionales anunciaron que se aproximaba una gran ofensiva en la provincia de Helmand, ubicada al sur de Afganistán, y más precisamente en la localidad de Marjah. Gran parte de los 120.000 habitantes del pueblo y zonas aledañas habían sido alertados y por ende se habían alejado del lugar. Lo mismo hicieron muchos de los extremistas.
La operación, con el nombre en clave de "Moshtarak" o "Juntos", fue descrita como la mayor ofensiva conjunta en la guerra afgana. El general Nick Carter, comandante de las fuerzas de la OTAN en el Sur de Afganistán, dijo que participan 15.000 soldados, incluyendo a unos 7.500 -cerca de 2.000 son afganos- que combaten en Marjah y a las tropas británicas presentes al norte en el distrito de Nad Ali.
El ataque comenzó una semana atrás, en la madrugada del sábado 13 de febrero, cuando centenares de soldados estadounidenses y afganos descendieron de helicópteros dentro de Marjah, tras volar sobre terrenos con minas colocadas al parecer por extremistas en torno a la ciudad.
Además de su importancia en el comercio del opio, una de sus principales fuentes de financiación, la región de Marjah ha ido consolidándose desde el inicio de la guerra como arsenal y base logística en la que los talibanes han adiestrado a buen número de sus combatientes. Hasta este ataque, se trataba de un territorio en el que las fuerzas internacionales no se aventuraban.
El ataque sobre Marjah es el clímax de la ofensiva internacional y afgana más grande en la guerra en Afganistán y es la operación de combate más intensa desde que el presidente Barack Obama ordenó en diciembre el envío de 30.000 soldados más para mejorar las posibilidades de vencer a los extremistas. De acuerdo con comandantes de la infantería de marina estadounidense, es posible que haya entre 400 y 1.000 insurgentes en esa comunidad.
Los soldados que combaten en Marjah profundizaban ayer sus posiciones haciendo frente a una fuerte resistencia: francotiradores y minas de fabricación casera. No se han visto aún los fieros combates casa por casa que se produjeron en 2004 en Faluya (Irak), un suceso trascendental con el que se compara el actual ataque.
El jueves por la noche, el general Nick Carter, estimó que se necesitarán "entre 25 y 30 días" para tomar el control de Marjah. Tambien afirmó que era esperable que aumentara la resistencia de los talibanes.
Hasta el momento la ofensiva le costó la vida a 12 soldados de la OTAN. El viernes falleció no en combate y el jueves seis. También murió un soldado afgano, varios policías y 15 civiles, que según las fuerzas internacionales son usados por extremistas como escudos.
MOTIVOS. Las operaciones en curso obedecen a dos lógicas distintas aunque inseparables. El presidente Barack Obama necesitaba dejar patente a efectos internos su condición de comandante en jefe, desmintiendo las acusaciones de que su apuesta por la vía diplomática en contenciosos como el de Irán, o por la de la negociación con algunos grupos talibanes, según se acordó en la reciente conferencia de Londres, era consecuencia del temor o la debilidad.
Desde la estricta lógica militar en la conducción del conflicto afgano, Obama necesitaba, además, pasar a la ofensiva contra los talibanes para deshacer cualquier equívoco que pudiese llevar a interpretar la retirada prevista en 2011 como una derrota y también para que el relevo en las tareas de seguridad se produzca en las mejores condiciones para las tropas dependientes de Kabul.
Sobre el terreno, el ataque supone un intento de romper la asimetría con que venía desarrollándose la guerra y que favorecía sobre todo a los talibanes, militar y políticamente. Hasta ahora, las fuerzas internacionales parecían condenadas a mantenerse en posiciones defensivas y resistir el acoso de los talibanes; ahora son los talibanes quienes están obligados a adoptarlas para no perder un territorio que les resulta imprescindible a la hora de sostener su estrategia de desgaste, ensayada durante los años de invasión soviética. Si logran rechazar la ofensiva, la OTAN tendrá serias dificultades para imponerse antes de la retirada en 2011.
Pero si los talibanes pierden Marjah, las fuerzas internacionales habrán logrado algo que ha faltado dramáticamente en esta guerra: la obtención de una victoria precisa porque precisos eran, a su vez, los objetivos perseguidos.
Se trata, pues, de una ofensiva que puede resultar trascendental para el desenlace de la guerra. También para el futuro de la región: Obama necesita recomponer cuanto antes la capacidad de disuasión convencional del Ejército más poderoso del mundo. La estrategia de "la guerra contra el terror" no calculó las consecuencias de permitir que quedase atrapado en escenarios como el iraquí o el afgano, dando ocasión a que proliferasen otras amenazas.
ENEMIGOS. Más de 25.000 talibanes y hasta 150 miembros de Al Qaeda. Ése es el enemigo al que se enfrentan las fuerzas internacionales en Afganistán. La cifra la aportó el Consejero de Seguridad Nacional, el general James Jones, en un encuentro del Foro Atlántico -que reúne a parlamentarios de todos los países de la OTAN- celebrado el pasado día 26 en Washington. Puede parecer una cifra pequeña, si se compara con los más de 150.000 soldados de la coalición internacional que están desplegados en el país centroasiático, pero es más de seis veces superior a los 4.000 insurgentes que se calculaban en 2005. ¿Qué ha sucedido desde entonces? Según Jones, la clave está en el acuerdo de no agresión al que el entonces presidente paquistaní, Pervez Musharraf, llegó en 2006 con los talibanes, que les permitió disponer de un santuario en los territorios autónomos pastunes fronterizos con Afganistán.
Al Qaeda sólo es un componente menor de la insurgencia. Por eso, la estrategia aprobada en la Conferencia de Londres del 28 de enero pasa por aislar a los irreductibles e intentar pactar con los elementos moderados del movimiento talibán, recuperando a quienes se han unido a la insurgencia por falta de una alternativa mejor. Para ayudar a convencerles, se creará un fondo financiero. El planteamiento no es nuevo, el problema es que hasta ahora no ha funcionado. A lo largo de 2009, menos de 200 insurgentes aceptaron deponer las armas.
"La reconciliación sólo se producirá cuando los talibanes comprendan que están perdiendo", advierte el jefe del Mando Central de EE.UU., el general David Petraeus. Pero eso, por ahora, está lejos de suceder. En el último trimestre del año pasado, se produjeron 1.244 incidentes mensuales, lo que supone un incremento del 65% respecto al mismo periodo de 2008. Las víctimas civiles sumaron 784 entre agosto y octubre de 2009, un 12% más. La buena noticia es que sólo el 22% se debió a acciones de la OTAN, lo que significa que se está empezando a aplicar el compromiso de minimizar los "daños colaterales".
En su último informe al Consejo de Seguridad, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, reconocía que en muchas provincias la presencia de las autoridades de Kabul se limita a las localidades más importantes, mientras que en zonas rurales los talibanes han instaurado una "administración provincial en la sombra: recaudan impuestos, administran `justicia`, resuelven disputas por tierras, ejecutan a presuntos criminales e imponen hábitos sociales ultraconservadores". En otras zonas del sur y este del país, los propios representantes del Gobierno se ven obligados a sobornar a los comandantes talibanes. Quienes se resisten a su ley son asesinados: una media de nueve personas por semana.
Lo peor es que, en palabras de Ban Ki-moon, "no hay indicios de que la seguridad vaya a mejorar en los primeros meses de 2010". Una opinión que comparte el general Jones, quien ya vaticinó "un incremento de la violencia en las próximas semanas". La ofensiva sobre Marjah sería así un pronóstico autocumplido.
Pero se trata sólo de la primera pieza de un puzle mucho más amplio, que incluye 24 distritos afganos en los que se concentrará la ofensiva bélica para quebrarle el espinazo, y la moral, a la insurgencia. Una vez pacificados, se iniciarían las tareas de reconstrucción y, progresivamente, se cedería su control a las autoridades locales. Este último paso es el más complicado.
El objetivo de la OTAN es que Kabul cuente con 171.000 militares y 134.000 policías en octubre de 2011, pero aún no ha conseguido que los socios aporten suficientes instructores. Si se cumplen los plazos, la formación de esta nueva brigada del Ejército afgano con base en Badghis llevará un año, pero pasarán tres antes de que esté plenamente operativa y al menos cinco para que pueda prescindir de tutela extranjera. EN BASE A AP, AFP Y EL PAÍS DE MADRID
Las cifras
25.000 Son los talibanes que, según datos de OTAN, hay en Afganistán. Se presume que sólo hay unos 150 miembros de Al Qaeda.
2011 Fecha que Obama fijó como inicio de la retirada, y necesita que Kabul cuente con 171.000 militares y 134.000 policías.
La haya en crisis por afganistán
El gobierno holandés de coalición de centro-izquierda del primer ministro Jan Peter Balkenende se disolvió ayer debido a un desacuerdo entre sus miembros sobre la prolongación de la misión de las tropas holandesas en Afganistán deseada por la OTAN. "Voy a presentar a la reina la dimisión de los ministros y secretarios de Estado del PvdA", el partido laborista, declaró Balkenende en una conferencia de prensa en La Haya. "Voy a poner a disposición las carteras y funciones de los otros ministros y secretarios de Estado", acotó. La reina Beatriz "aceptará que el gobierno no puede gobernar", consideró más tarde el portavoz del ministerio de Interior Vincent van Steen. "Todos esperan que (la monarca) disuelva el gobierno y ordene nuevas elecciones cuando antes", declaró. Las próximas elecciones legislativas debían tener lugar en marzo de 2011. Presente en Afganistán desde 2006, Holanda tiene desplegados a 1.950 soldados, esencialmente en Uruzgán, una provincia del sur del país en la que los talibanes son muy ofensivos. Su retirada debe comenzar en agosto y terminar a fines de año. Los tres partidos de gobierno se reunieron el viernes para estudiar, a pedido de OTAN, extender la misión hasta agosto de 2011, pero no lograron consenso.
Batalla por el mayor campo de amapolas del país
Hayi Qadir mostraba orgulloso su vergel, una huerta de 20 hectáreas de frutales y, sí, también de amapolas de opio. Era junio de 2002. Los bombardeos estadounidenses habían desalojado a los talibanes de Kabul y de Kandahar unos meses antes, pero nadie se había acordado de Helmand. La más extensa de las provincias afganas (cerca de 60.000 kilómetros cuadrados) se había convertido en tierra de traficantes y bandidos, pero también de agricultores arruinados por la sequía que luchaban por sacar de sus entrañas alimento para sus familias.
El opio ya no estaba a la vista en el mercado aunque se seguía negociando sin interferencias, como confirmó Qadir. Su huerta estaba antes del cruce que lleva hacia Marjah y Nad-e Ali, las dos comarcas en las que soldados de la OTAN tratan de desalojar a los talibanes.
Hasta 2006 no se instaló la primera base británica en la provincia. Era demasiado tarde. En esos años su población tuvo que valerse por sí misma en un ambiente hostil. A los pies de las montañas del Hindu Kush, la mayor parte de Helmand es un terreno inhóspito que los locales llaman el desierto de la muerte, al amparo del cual prosperaron las rutas de contrabando con Pakistán.
Sólo el río Helmand rompe la aspereza del paisaje. En sus orillas vive el grueso del millón y medio de habitantes que tiene la provincia, el 92% pastunes, la etnia de la que surgieron los talibanes. Un sistema de presas y canales, construido en los años cuarenta y cincuenta con ayuda de EE.UU., permitió irrigar el valle y desarrollar la zona. Pero a partir de 1979, la guerra y la sequía acabaron con aquel espejismo de bonanza. Sin control gubernamental prosperó el cultivo del opio.
Hoy esa provincia cosecha la mitad del opio de Afganistán, que a su vez es el origen del 90% de la producción mundial. Para muchos la amapola se convirtió en un seguro de vida. Necesita menos agua y da más beneficios que otros cultivos. Pero fue también una trampa. Los préstamos para comprar las semillas los convirtieron en rehenes de señores feudales y crearon un círculo vicioso de dependencia con los talibanes, que se financiaron a cambio de protección frente a los planes del Gobierno y la comunidad internacional de acabar con la droga. EL PAÍS DE MADRID