REBAR
La unanimidad en cuanto a quién fue el mejor futbolista de todos los tiempos, es algo imposible de lograr, sobre todo porque los que opinan transitaron por generaciones distintas con sus ídolos propios, a quienes consideran superdotados que rechazan las imitaciones. Así, por ejemplo, Natalio Perinetti -notable delantero argentino de los años 20 (y de antes aún)- declaraba en pleno auge de Pelé: "Quienes quieren convencernos de que jamás hubo nadie como el brasileño del Santos, dicen eso porque no vieron jugar a Ángel el loco Romano". Es innecesario recordar que en la década de los 60, Pelé se instaló cómodamente en el trono del mejor; y se mantuvo allí por algunos años hasta que, en una obra maestra de la ingeniería marquetinera se construyó el templo donde luciría, como máxima divinidad, Diego Armando Maradona. Fue patológica la forma en que éste aceptó la distinción, llegando al extremo de considerarse el primer senador de la bancada de Dios en la Tierra, con voz para decir los disparates más grandes, las zonceras más insuperables... y con voto a favor de cuanto dictador -o aspirante a serlo- ande por ahí, lamentablemente suelto.
Yo (sé por anticipado que a nadie le importará esto, pero igualmente lo confieso) que desde hace añares tengo mi candidato para el título de mejor futbolista de todos los tiempos -el argentino José Manuel Moreno- acepto, sí, que Maradona fue el más completo de la constelación estelar de los grandes que están por encima de cualquier época... porque ninguno como él cometió tantas barbaridades, incluyendo la drogadicción en Grado 10 de la Escala Richter, las festicholas a transgresión abierta, el abandono del hogar con la consiguiente destrucción familiar, la siembra planetaria de hijos no siempre reconocidos, y otras menudencias para reforzar un curriculum que sólo podría encontrar espacio en un suplemento especial.
Este ejemplar de tan elogiables antecedentes, estaría en los planes del próximo presidente de los orientales la patria o la tumba, para que nos dé una mano en una campaña contra la droga, preferentemente la mano del famoso gol a los ingleses en el Mundial del `86, en una personal versión de "lo porteño semo ma vivo, semo". Esto de la mano del Diez, fue una verdadera metida de pata.