Un libro para celebrar el placer de las narraciones

Stephen King. "Después del anochecer", desparejo y válido

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MATÍAS CASTRO

Los lectores que conocen la extensísima obra de King (y que se cuentan por legiones), afirman que hoy sus textos están lejos de lo que alguna vez fueron. Pero no se puede negar que mantiene su pulso para contar historias y pintar personajes.

Después del anochecer es una colección de relatos que se centra en su producción más o menos reciente, aunque también se permite incluir algunos cuentos viejos. Por ello, encierra una virtud y también un defecto. Por una parte tiene a su favor el hecho de que más o menos se puede ver con perspectiva su evolución como escritor. Y por otra tiene en contra que el resultado es notoriamente desparejo. Se dirá que este defecto es indisociable de casi cualquier recopilación de cuentos, pero en este caso es una manifestación de lo que hacía el escritor en su primera década como bestseller y también en la actualidad.

Basta comparar el cuento La chica del pan de jengibre, escrito aproximadamente en el año 2006, con El gato del infierno, publicada por primera vez hace unos treinta años.

La chica del pan de jengibre tiene un recurso que King ha utilizado en libros como el segundo tomo de la serie La torre oscura, Cell e incluso en la sección final de la excelente novela Duma key (y tal vez en otras, cosa que lectores completistas de King podrán confirmar o desmentir). Ese recurso consiste en volver interminable hasta el agotamiento cualquier secuencia de hechos. Por ejemplo, si dos personajes atraviesan caminando un cuarto, el relato de esto puede tomar tres páginas hasta que salen de allí. El recurso puede ser válido para generar suspenso, pintar ambientes o sicologías, pero el oficio de alguien que ya ha escrito, literalmente, millones de palabras para hacer novelas, hace que a veces escenas así se vuelvan aburridas. El relato citado tiene bastante de esto, aunque el recurso se aplica a una mujer atrapada por un psicópata. Por supuesto que King lo compensa con su gran virtud, la que probablemente mejor lo define: la creación de personajes.

En el otro extremo está El gato del infierno. El relato es viejo, como el propio escritor cuenta en sus notas al final (un complemento simpático a la lectura de los cuentos) y fue publicado en una revista hace tres décadas y luego adaptado al cine en 1990 en una de las películas de Creepshow. Efectivo, sin vueltas y con una idea sugerente, está lejos de los textos en los que suma letras sin parar.

Hay un par de relatos sugerentes y con ideas más que interesantes, que son Área de descanso y Mudo. En este último se narra una especie de doble confesión en paralelo con un giro final interesante y hasta con un toque de sutileza.

La chica del pan de jengibre, Área de descanso y Las cosas que dejaron atrás, cuenta el autor en sus notas finales, se inspiraron en cosas que él, respectivamente, escuchó, vivió y sintió. De esas, la tercera sea tal vez la menos interesante, aunque a la larga es probable que quienes estudien su obra en el contexto histórico en que vivió encuentren en ella algunos apuntes de utilidad.

Uno de los mayores aciertos del libro está en La bicicleta estática. En él King logra dar la mejor descripción imaginable a la manera en que el cuerpo reacciona ante una muy mala dieta y también crea una inteligente forma de representar la obsesión de una persona por alejarse de la obesidad y convertirla en un relato.

El cuento The New York Times a precio de ganga no es un cuento memorable, pero en sus notas, King dice lo siguiente sobre por qué la escribió en una noche de aburrimiento: "Una historia debe entretener al escritor, esa es mi opinión, la tuya es bienvenida". Expresiones así son parte de su sello particular, al coquetear en cada uno de sus libros con un diálogo imaginario con sus lectores a quienes siempre intenta (o lo aparenta) halagar con libros entretenidos que celebran el amor por la literatura de ficción.

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