Sorolla y el atardecer de Punta del Este

DIEGO FISCHER

Hay un momento en el día en que Punta del Este es aún más linda: al atardecer.

Es un tiempo mágico en que el sol estalla en mil tonos del naranja y lentamente se va apagando sobre el agua de la Mansa. Y aunque parezca una contradicción es en el crepúsculo cuando la luz con un sin fin de matices lo invade todo. Son unos minutos en los que quienes lo contemplan de cualquier lugar de la Rambla de la Península o de atalayas privilegiados como Casapueblo o el Aconcagua del bosque Lussich, sienten y creen que los sueños son posibles. Es una experiencia única e intransferible, como suelen ser aquellas que se viven frente al mar.

Deja absortos a sus testigos y arranca aplausos espontáneos a los turistas, similares a los que se registran en un auditorio cuando un gran espectáculo musical o teatral finaliza y el público paga a los músicos o a los actores con un gran palmoteo. Se sabe el aplauso simboliza la palmada cariñosa que le da uno en la espalda a un amigo en señal de aprobación.

La mano izquierda representa esa espalda y la derecha nuestro sentimiento de agradecimiento o felicitación.

La historia viene a cuento porque el viernes pasado observé como presenciaba un grupo de turistas españoles la puesta de sol desde una de los miradores que está muy cerca del muelle Mailhos. Eran cuatro matrimonios o parejas que promediaban los 50 años. Presumo que, por sus acentos, eran de Madrid: marcaban levemente las eses y las zetas y hablaban vocalizando bien las palabras y en el tono mesurado que se escucha cuando uno camina por la calle Serrano.

Ellos de riguroso sombreros de Panamá y ellas elegantes, como suelen ser las madrileñas. No andaban con una cámara fotográfica cada uno, como suelen llevar los turistas de otras latitudes, sino que sólo uno de ellos portaba una. Durante los minutos que demoró en ocultarse el sol, permanecieron en silencio, absortos. Y como no podía ser de otra manera irrumpieron en un aplauso cuando el espectáculo terminó.

El dueño de la cámara digital me pidió que les tomara una foto, con la isla Gorriti de fondo. La solicitud habilitó una breve conversación. Era la primera vez que venían a Punta del Este y lo habían hecho aconsejados por unos amigos que dos años antes habían recalado en la península en un viaje relámpago desde Buenos Aires. "Nuestros amigos, vinieron por un día y medio y no sólo se quedaron una semana, sino que compraron una casa en San Rafael, donde ahora viven de noviembre a abril", me contó. Ellos mismos estaban pensando en adquirir alguna propiedad. "Este lugar es único", me comentó y sentenció: "ni Joaquín Sorolla hubiera podido emular en uno de sus lienzos playas y atardeceres como estos".

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