Álvaro Casal
Vengo de visitar México en momentos que ese país celebra el bicentenario de su independencia y el centenario de la revolución legalista. Más bien debería decir que regreso habiendo visitado lugares y conocido gente de un país tan variado como inabarcable.
Por ejemplo, mientras paseo por Ciudad de México veo una casa que parece un añejo castillo inglés. Alguien me aclara que no parece, lo es. Lo trajeron piedra por piedra para instalarlo en un apacible barrio privado.
Sin embargo, no trajo consigo la tranquilidad de la campiña británica: ese mismo día la primera página de un periódico exhibe una gran foto que muestra cosas de la noche anterior: cuatro hombres decapitados, castrados, desnudos, colgando de sus pies. ¿Advertencia de narcos para otros narcos? Poco después este horror casi queda superado por el hallazgo de 72 cadáveres de indocumentados, muertos por una pandilla.
Da la sensación que a pesar de las celebraciones mencionadas, todavía hay mucho que rechina. Los monumentos de tiempos idos, en Tulum, Chichén Itza y Tenochtitlán, son impresionantes y lucen bien conservados.
Sin embargo, otro diario, "El Universal", bajo el título "México, paraíso del saqueo arqueológico", me informa que de los 42.991 sitios arqueológicos mexicanos, el 40% ya fue saqueado y de 20 a 30 se destruyen cada día. Un ritmo sólo comparable al de sitios como Irak, Camboya o Afganistán.
Da la casualidad que la casa donde vivió Trotsky en el barrio capitalino de Coyoacán, la visito justamente el día en que se recuerdan los 70 años de su homicidio, perpetrado allí mismo por un asesino enviado por Stalin, luego de varios intentos anteriores, frustrados.
La fecha no ha pasado inadvertida para una veintena de personas que traen flores blancas y que rodeadas de paredes acribilladas, bajo una tenue llovizna, escuchan a un comunista que dice su discurso.
Entretanto, a seis cuadras de allí, la pintoresca casa multicolor de la artista Frida Kahlo, atrae mucha más gente. Gente que recorre, mira, toca, se sienta en el jardín y toma refrescos.
En el elevado palacio que fue residencia del malogrado emperador Maximiliano, hay una gran exposición dedicada a Emiliano Zapata, protagonista de la revolución, muerto en 1919 en una emboscada. Fotos suyas desde la infancia, de Pancho Villa, de Carranza, Madero y otros, se alternan con objetos como el rifle del revolucionario y las ropas blancas, perforadas, del día de su muerte.
Otro emperador es evocado por la vía gastronómica. Fue en 1821, en homenaje al que luego se autoproclamaría emperador de México -el entonces general Agustín de Iturbide-, que se creó el plato "Los Chiles en Nogada", que con blanco de salsa de nueces, rojo de granada y verde de chile poblano, representa los colores de la bandera mexicana.
El plato se prepara por estos días, pues exalta los tonos patrióticos, por encima del efímero imperio que también recuerda.
México: admirable democracia que lucha por estabilizar una nación con enigmáticas raíces prehispánicas.