Pablo Da Silveira
Jean-Jacques Rousseau fue el filósofo que sentó las bases de la democracia participativa moderna. Su ideal político consistía en una república de pequeños propietarios que se organizaban en asambleas para tomar decisiones comunes. Al Poder Ejecutivo sólo le correspondía aplicar los lineamientos generales aprobados por los ciudadanos.
El modelo en el que se inspiró Rousseau fue la minúscula ciudad de Ginebra, en la que había nacido. Allí todavía era posible ejercer la democracia directa, al menos si se mantenían algunas medidas arcaicas como excluir a las mujeres. Pero Rousseau propuso ese mismo modelo a los franceses del siglo XVIII, que ya tenían un país extenso en donde vivían millones de habitantes.
Rousseau nunca pareció registrar esa diferencia de escala. Para sus defensores, esto se debe a que no estaba proponiendo una ingeniería institucional específica sino defendiendo ciertos valores políticos. Para sus críticos, simplemente optó por esquivar el bulto. En cualquier caso, el problema que Rousseau prefirió eludir es decisivo. Si creemos que la democracia participativa puede aportar algo valioso, ¿cómo organizar su práctica en una sociedad grande y compleja?
Desde Lenin hasta el Debate Educativo organizado por la administración Vázquez, la respuesta habitual consiste en proponer un esquema piramidal. En la base de esa pirámide hay una gran cantidad de asambleas donde los ciudadanos discuten cara a cara. Las conclusiones a las que llegan son trasladadas a alguna instancia más general (por ejemplo, un ámbito de coordinación departamental) y de allí siguen subiendo hasta llegar a la cúspide. En ese punto, algún órgano recoge todos los insumos y extrae las conclusiones, o bien toma medidas supuestamente basadas en el proceso anterior.
Pero este esquema es muy poco confiable. En primer lugar, las estructuras piramidales tienden a anular toda la riqueza de la discusión generada en la base. Dado que la única manera de compactar una multitud de aportes es suprimir y simplificar, la variedad original se pierde y, sobre todo, desaparecen las voces divergentes.
En segundo lugar, los esquemas piramidales son fáciles de infiltrar. Justamente porque funcionan con una lógica simplificadora, alcanza con lograr que un mismo mensaje se repita con cierta frecuencia para asegurarse de que llegará a la cúspide. No hace falta controlar todas las asambleas. Alcanza con estar presente en una proporción significativa de ellas y actuar de manera coordinada para asegurar cierto grado de redundancia.
En tercer lugar, las estructuras piramidales son fácilmente manejables desde la cúspide. Esto puede lograrse por la vía de influir sobre la agenda de temas a tratar (quien controla la agenda, controla el proceso) o bien manipulando la síntesis de los aportes que se reciben (una tarea que se vuelve invisible para quienes quedan en la base). Que las estructuras piramidales sean infiltradas y manipuladas no es una casualidad histórica sino su destino natural. Esa fue la gran maniobra de Lenin, que fingió entregar el poder a los soviets pero los sometió al Partido Comunista.