Cultura parlamentaria

Juan Martín Posadas

Está en curso un gigantesco revuelo -justificado, por cierto- en torno a la participación del Dr. Gonzalo Fernández en la derogación de un artículo de ley que produjo efectos no previstos en la situación procesal de los antiguos dueños del Banco Montevideo. El tema tiene dos aspectos. Por un lado las cuestiones éticas que suscita la actuación del ex secretario de la Presidencia actuando a dos puntas. Por el otro está el desempeño del Parlamento en el caso. Dejo lo primero para mejor oportunidad y me referiré a lo segundo.

Debe reconocerse que, tratándose de un cuerpo colectivo, los juicios han de admitir excepciones. Ahora bien, hablando en general, el nivel de actuación de los legisladores y la calidad de su desempeño han quedado mal parados. La iniciativa en cuestión no se estudió, no fue informada como corresponde y se votó en brevísimo plazo. El nivel del Parlamento lo da la mayoría, máxime en este caso (así como en la legislatura pasada) en que hay mayoría absoluta. No será el comportamiento de la bancada del Partido Independiente quien pueda dar la tónica; es el comportamiento y el nivel de los legisladores del Frente Amplio.

Más allá del grado de educación general de los miembros de esa bancada (por ejemplo número de diputados con enseñanza terciaria o, ¿por qué no? cuántos tienen primaria completa) existen otras explicaciones para este descalabro tan desolador para la ciudadanía. Está, por un lado, la tradición verticalista de la izquierda, lo que ellos mismos llaman en su lenguaje de entrecasa, bajar línea. Una vez que se bajó línea todo el mundo se pone disciplinadamente a implementarla, sin cuestionamiento, ni análisis, ni discusión. Eso, traducido a la cabeza del diputado frenteamplista con esa formación quiere decir que lo que proviene de arriba se vota y chau.

Por otro lado hay efectos que se desprenden espontáneamente del hecho de haber mayoría absoluta en la Cámara. Resulta demasiado tentador para el integrante de la mayoría ahorrarse el esfuerzo y no romperse la cabeza para estudiar y entender un proyecto si, de todas maneras, ya están los votos para aprobarlo. No será extraño que a ese diputado le resulte un extremo casi masoquista afanarse en la búsqueda de argumentos para fundamentar y defender el proyecto cuando lo que se precisa son los votos y esos ya sabe que los tiene.

Pero el mismo efecto desintegrador se puede producir en el opositor que se preguntará ¿para qué me voy a extremar desarrollando largos discursos y buscando argumentos para mejorar o contradecir el proyecto oficialista si la bancada de gobierno ni escucha, están hablando por celular o leyendo el diario, porque el tema está ya decidido y zanjado? En el asunto que involucra al Dr. Gonzalo Fernández las cosas llegaron a los decibeles que llegaron por la notoriedad de los agonistas y protagonistas involucrados, pero no es un caso aislado. Han sido muchas las leyes aprobadas en apuros de analfabetismo legislativo galopante, en esta legislatura como en la pasada. Ejemplo: la ley de adopción por parejas homosexuales, la de ordenamiento territorial, la creación de los alcaldes, etc. Este Parlamento está en falta.

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