Leonardo Guzmán
Ayer El País hizo público que el Banco Mundial diagnosticó que la mitad de los jóvenes del Uruguay carece de preparación suficiente para incorporarse al mercado de trabajo y que el principal motivo es "la ineficiencia del sistema educativo".
Según el dictamen, esa ineficiencia se revela en la incapacidad para transformar en conocimiento efectivo los recursos que disponen las escuelas, los maestros y las familias. Consiguientemente, la institución considera que el principal desafío para nuestro país radica en abordar el déficit de aprendizaje, a cuyo efecto recomienda mejorar la calificación de los docentes, removiendo los obstáculos que impiden renovar los planteles. El pronunciamiento no nos revela nada nuevo. Es notoria la insuficiencia de preparación. No sólo en los marginados de todo trabajo. También en ámbitos universitarios donde ya se acusa el déficit de base en las más diversas carreras, por carencias de la matriz lógica y falta de cultivo de la capacidad de abstracción.
Nos cayó en picada la formación cultural. Una educación descriptiva, sin vibrato ni entusiasmo, no consigue cautivar a los alumnos ni logra que cada joven aprenda a desarrollar la principal función de lo humano: pensar por uno mismo. En materia de educación, Uruguay está necesitando una nueva revolución que devuelva a las nuevas generaciones el entusiasmo y las cualidades que supieron imprimir, en sus respectivas épocas y con sus singulares tendencias, Varela, Ro-dó, Vaz Ferreira, Grompone, Reina Reyes y tantos.
No puede bastarnos seguir sumando informes sociológicos que anualmente miden nuestras carencias y tampoco puede bastarnos que desde afuera pasen inventario a las insuficiencias que todos conocemos.
La cuestión no es diagnosticar sino revolucionar los métodos para interesar por saber y enseñar a pensar. Es que hace falta recuperar la fe en el valor que el conocimiento tiene no sólo para llenar vacantes tecnológicas de exportación ni para competir en el mercado de trabajo estándar. Comprobado que aluvionalmente se ha formado una masa de jóvenes sin horizonte, es necesario que la educación sirva para suscitar argumentos de vida en los proyectos personales y en las relaciones interpersonales.
A fuerza de darle importancia a los procesos sociales, perdimos de vista la noción íntima de que saber más es ser más libre. La sed por esa libertad de-be iluminar la reforma global de la educación, que el Uruguay pide a gritos, a plena conciencia de que no arreglará su enseñanza pública poniendo más dinero en un sistema que falla por la base. En creación literaria, se habla del estro poético. En veterinaria, se habla del estro reproductor. En uno y otro caso se usa la raíz estro, que en griego quiere decir aguijón y simboliza impulso.
Pues bien.
Lo que a nosotros nos está faltando es aguzar el estro educador: el amor y las ganas de suscitar, promover e inspirar.
Sin eso, no formaremos emprendedores capaces de asu-mir apuestas, compromisos y riesgos; y seguiremos sufriendo debilidades personales que le tronchan el destino al país entero.