RIcardo Reilly Salaverri
El tema de la reforma del Estado está planteado. Una vez más, que no será la última. Como se ha visto en otras oportunidades el ingreso a la función pública, los presupuestados, los contratados, los arrendados, la carrera, los escalafones, los ascensos, las cesantías, están a la orden del día de la reforma.
Recordaré una experiencia personal. En 1972 ingresé al Ministerio de Trabajo como procurador, continuando luego por muchos años como funcionario técnico -abogado- en la asesoría letrada central de dicha entidad. Mi primer día en el empleo, un abogado veterano me dijo algo así como: "me encomendaron iniciarlo en el oficio, sígame que le voy a enseñar su primera y fundamental obligación". Me llevó entonces al tarjetero y me dijo "nunca se vaya a olvidar de marcar tarjeta".
Aprendido lo sustantivo, al cobrar mi primer sueldo advertí que en el recibo figuraba una partida importante como "premio estímulo" y una esmirriada como sueldo. Investigando el asunto me explicaron que los funcionarios del BPS habían conseguido esa partida para que trabajaran más y que por su relación institucional, el beneficio se había extendido al Ministerio. Así las cosas, se produjo en junio de 1973 el golpe de Estado. Entre el maremág-num de cosas que las nuevas autoridades bajo influencia militar deseaban corregir, estaba el tema de los funcionarios públicos. Entre los afanes de restauración pública recuerdo que marchó al infinito mi "premio estímulo".
Lo primero que descubrieron los nuevos jefes fue que el Estado era injusto y que pagaba por iguales tareas cifras distintas a un funcionario, según estuviese en un banco del Estado, en un ente autónomo -UTE o Antel por ejemplo- o en una intendencia municipal. Se trató entonces de ejecutar, con toda la fuerza que permitía la acumulación de poder y la ausencia de sindicatos, una tarea de reorganización.
Cada vez que se daba un aumento a los funcionarios públicos con carácter general, se publicaba una "tabla de equiparación" (así se llamaba) en el Diario Oficial, por la cual recibían mayor beneficio los de abajo y menos los de arriba. El ideal era llegar a una igualdad total por grados y tareas. No recuerdo en que quedó la tabla. Conozco que la equiparación "te la debo" hasta la fecha. Cosa que ahora curiosamente visualiza el nuevo gobierno.
Nadie se levanta a las cuatro de la mañana a ordeñar una vaca que es del Estado. Y esa es la razón del fracaso de las economías colectivistas sepultadas por la historia. Por lo que reformar eficientemente al Estado no es tarea fácil.
Durante el gobierno nacionalista presidido por Lacalle se creó un plan de desburocratización. Con apoyo de organismos internacionales. Muchísimos técnicos seleccionados objetivamente recorrieron las oficinas hicieron trabajo de campo y permitieron dejar sin efecto cientos de miles de trámites y eliminar muchos organismos sin sentido. Esta reforma estatal no suena espectacular pero es posible y verdadera.
Lo dicho es sin perjuicio de desear suerte a la nueva reforma (opinión arriesgada: creo que los sindicatos no la van a apoyar).