La tentación de politizar la gran actuación de los celestes en Sudáfrica ronda a la izquierda. Algo insinuó en un artículo periodístico la senadora Constanza Moreira al dar a entender que con el gobierno de José Mujica "en todos los lugares se respira una cierta mejoría de la autoestima nacional", un aire nuevo que habría inspirado a nuestros jugadores. Académicos y comunicadores afines al oficialismo, entre rebuscados rodeos dialécticos, mascullan sobre una nueva "ética" que habría impulsado a los nuestros, convertidos así en una suerte de subproducto del cambio político operado en nuestro país en los últimos años.
Se trata de intentos por usar los triunfos deportivos para llevar agua a ciertos molinos, un recurso tan viejo como la política aunque más común en dictaduras que en democracias. La pretensión de vestir a un gobierno con las hazañas de los atletas nacionales fue un objetivo tan frecuente bajo el comunismo de la Unión Soviética como en el fascismo de Mussolini.
En el caso de Uruguay las ambiguas conexiones que se quieren establecer entre gobierno y fútbol carecen de todo asidero. Basta con observar que la mayoría de los integrantes del plantel celeste están afuera del país desde hace años, es decir que conviven con culturas y realidades que no guardan relación alguna con la coyuntura política local. Forlán en España, Lugano en Turquía, Suárez en Holanda, Muslera en Italia o Pérez en Mónaco, y así la mayoría, no puede decirse que sean hijos de esta administración del país, ni siquiera de la anterior.
Decir que están influidos por el cambio político en Uruguay es un disparate y una grosera tentativa para politizar los triunfos cosechados en Sudáfrica.