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Francisco Faig
Nunca leí a Mercedes Vigil. Sé que en la última década ganó seis veces el libro de oro por éxitos de ventas en el país. También sé que recientemente la Junta Departamental de Montevideo la declaró ciudadana ilustre. Y, con asombro, supe que 44 escritores cuestionaron en una carta pública ese reconocimiento.
Esos escritores reclaman conocer los criterios literarios de los ediles. Opinan que hay "nombres de mayor consistencia" para ser galardonados. Argumentan que quienes votaron no tienen "conocimiento de historia y teoría literaria, semiótica y semántica, análisis e interpretación y hasta los principios más básicos de gramática". Para ellos, es claro que en la decisión que se tomó se omitieron esos análisis.
El grupo de los 44 está formado por lo que los mexicanos llaman, "wanna be": ilustres, desconocidos, que quieren ser, que aspiran a algo, y que en esa lógica permanecen en el tiempo.
Se preocupan por quién puede ser tan o más galardonado en la aldea, y pierden energías intentando deslegitimar decisiones desde el púlpito del deber ser literario que ellos tutean y el resto no.
El espíritu antidemocrático y corporativo aflora con naturalidad: somos escritores que decimos que Vigil escribe mal y que los ediles son ineptos. No queremos que Vigil sea ciudadana ilustre; nos quejamos e intentamos deslegitimar la decisión de los representantes del pueblo de Montevideo.
La endogamia es tan feroz que, en el mismo movimiento, nadie intuyó que estaban demostrando haber perdido el sentido del ridículo.
Prefiero leer a René Char que a Roberto Appratto; disfruto más la poesía de Borges que la de Echavarren. Indudablemente, prefiero reflexionar con Foucault o con Deleuze, antes que leer la variada obra de Teresa Porzecanski. "Una cinta ancha de bayeta colorada" de Hugo Bervejillo no llega a los talones literarios de "No robarás las botas de los muertos" de Delgado Aparaín (que, por supuesto, no firmó la queja). Libremente elijo releer los cuentos de Maupassant, antes que hojear algunos de los trabajos de los numerosos escritores que aparecen junto a los más célebres firmantes que acabo de mencionar.
Hoy, ninguno de ellos vende como Vigil en literatura ficción nacional. Y ninguno vende como la biografía de Julio Herrera y Reissig de Mazzucchelli en el rubro literatura no ficción (que claro, jamás firmaría semejante carta).
La gente elige qué lee; la aldea endogámica no logra entender que el Uruguay cambió.
En estas semanas, la celeste demostró que hay un nuevo tiempo hecho de futuro, de trabajo e inteligencia, y con el cual podemos aspirar a la excelencia colectiva internacional.
Demostró que hay que ser más universales y menos aldeanos.
En el Uruguay del siglo XXI, los "wanna be" seguirán apelando a los viejos reflejos corporativos desde su crítica de escalerita de Babel en la que se multiplican los gestos adustos. Pero, lejos de su aldea, nadie los atenderá.
Yo no leo a Vigil; pero me alegro por ella de que se la reconozca como ciudadana ilustre de Montevideo.









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