RICARDO REILLY SALAVERRI
En la vida económica de un país todos los actores pelean por llevar para su molino la mayor cantidad de agua emergente de la economía nacional. Así ocurre entre el Estado y la sociedad civil -particularmente cuando se tiene una organización estatista y burocrática como la uruguaya- entre los empleadores y los trabajadores; entre los activos y los pasivos, entre la producción, la industria y los servicios.
Las contradicciones en una sociedad libre se encauzan a través de los partidos políticos, los gremios y otras organizaciones, más las decisiones de los individuos tomadas sin limitaciones.
Hoy, cuando vemos que tres seleccionados europeos se encuentran entre los mejores cuatro equipos de fútbol del mundo, más un cuarto que es el país más europeo de América Latina, Uruguay (esperemos que todos los seculares intentos de latinoamericanizarnos fracasen), cabe recordar que el "football" es un invento inglés y que, Occidente ha marcado en todos los tiempos la avanzada de la civilización mundial. Con realizaciones y tragedias.
Si se miran solo los últimos doscientos años, se puede advertir que en Occidente desde la Revolución Industrial, el capitalismo salvaje y el maquinismo, hasta el momento de la computadora y Google, se han propuesto miles de soluciones para ordenar las relaciones económicas y sociales.
El anarquismo, la Iglesia Católica, las religiones protestantes y pensadores y políticos dieron lo suyo. Unos han creído -creemos- en los caminos de un Estado que cumpla sus funciones, incluida la redistribución de la riqueza, sin aplastar la iniciativa y la libertad individual.
Otros han creído que la omnipresencia estatal, totalitaria y autoritaria es la solución para arreglar la vida en común de los individuos políticamente organizados en estados nacionales. Pocas palabras surgen tan manoseadas de cualquier análisis como la expresión "socialismo". El comunismo soviético caído con la carga de haber victimizado a 70 millones de personas era socialista. Lo eran sus satélites. Lo ha sido China continental, también con 70 millones de víctimas, que hoy preserva las estructuras despóticas de gobierno paridas por el comunismo, al tiempo que se lanza enérgicamente a las aguas del más rancio capitalismo corporativo. Nacional socialismo era la fuerza política que llevó a Hitler, a los campos de concentración y a la Segunda Guerra Mundial. Socialista nacional era Mussolini.
Y, socialistas, cierto es, se llaman muchos de quienes, por el contrario, en Europa han promovido la social democracia partidaria del sufragio universal, el parlamentarismo y la promoción de la actividad y el diálogo gremial y social.
Si bien no nos sentimos representados en la realidad nacional actual por mucha gente, en el marco de decisiones fiscales, financieras y laborales, que tienen rumbo incierto, sentimos la necesidad de redoblar nuestro sentimiento de democracia, nacionalismo asentado en la defensa del interés de lo nuestro y movido por la sensibilidad social (redistribución de la riqueza), que ha caracterizado a la nación todo a lo largo de su historia. Sin "socialismo".