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JUAN MARTíN POSADAS
Viajar por carreteras donde haya animales sueltos es peligroso. Cuando se viaja por las rutas de la vida dicha circunstancia resulta más peligrosa aún.
La prensa informa que el Subsecretario de Ganadería, Daniel Garín quiere resucitar un proyecto de ley que había encontrado adecuada sepultura en la legislatura pasada referido a prohibir a extranjeros la propiedad de tierra en la frontera. Personalmente no me gustaría que todo el territorio nacional estuviera en manos extranjeras. Como le oí a Wilson, lo lindo sería ver a muchos uruguayos (muchos) mirando con orgullo desde el patio de las casas sus tierras por ellos laboreadas. Pero no me ofende que algunos extranjeros compren tierras en mi país.
Lo que resulta prácticamente insoportable son los razonamientos que descerrajan algunos como fundamento de dicha prohibición. Primero empezaron hablando de soberanía y defensa de los límites ante posibles amenazas extranjeras. Este tipo de razonamiento sobre la custodia de las fronteras resulta asaz anticuado; no es del siglo pasado: ¡es medioeval! Se basa en imaginar una invasión por batallones de soldados ingresando en formación a través de los límites demarcados. ¡Señores! Estamos en la era de los satélites, de los aviones no tripulados, de los cohetes intercontinentales, ¿qué plus de seguridad nos puede ofrecer que una estancia del lado de acá de Aceguá sea propiedad de Juan Gómez en vez de ser de Joao Gomes de Almeida Fagundez Neto? ¡Por favor!
Como comprobaron que hacían el ridículo abandonaron ese argumento y buscaron otro; pasó a ser un motivo sanitario, de protección de la sanidad. También en este caso el fundamento es inservible. Las contaminaciones, las epidemias, los riesgos sanitarios, se dan en los puertos, los aeropuertos, y los pasos de frontera, es decir, los lugares por donde pasa mucha gente y se trasiega mucha mercadería. Allí hay que vigilar, desinfectar, etc. Por el medio de los campos -sean propiedad de orientales o de extranjeros- no circulan tropillas de gérmenes ni bandadas de microbios. Pero estos genios insisten en que estaríamos más seguros si los campos de frontera fueran solo de uruguayos (¿los gérmenes sabrían distinguir?).
Quien conozca el interior sabe que hay productores cuidadosos de la sanidad y productores relajados, más allá de su nacionalidad. Yo viví añares cerca de la frontera, en la cuenca arrocera del Este. Había entonces muchos plantadores brasileros: se habían afincado, plantaban y vivían de este lado, traían a sus familias, educaban en nuestra escuela y liceos a sus hijos (porque sabían que la educación era mejor acá que allá) y éstos se casaban acá y se hicieron uruguayos. Ahora ya no; plantan acá pero dejan la familia allá porque la atención médica es mejor y educan a sus hijos allá por la misma razón y estos se quedan porque las oportunidades de trabajo y progreso que sus abuelos vinieron a buscar acá ahora están allá.
La voluntad de prohibir a los extranjeros tener tierra en la frontera es una tontería sin fundamento, estremecedor ejemplo de ideas malas y de cabezas vetustas que andan sueltas: un verdadero peligro.










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