RIcardo Reilly Salaverri
Las líneas que siguen no tienen originalidad. No obstante, se han de escribir a impulsos de un tangible sentimiento nacional y popular. No debe haber un oriental, un uruguayo, ajeno a lo hecho por nuestra selección de fútbol, en el Mundial de Sudáfrica.
El fútbol es pasión de multitudes como se le suele referir, y la República Oriental del Uruguay, a lo largo de su historia deportiva, ha conocido de hazañas importantes en esta materia. La generación a la que pertenezco, tiene una vaga idea infantil de la conquista del campeonato del mundo en Brasil, y los festejos por 18 de Julio en Montevideo, en 1950, y luego en el siguiente campeonato, del 4 a 2 con el que Hungría nos descalificó en cuartos de final. Este último escuchado en un aula grande del colegio Seminario, de los jesuitas, en la calle Soriano de la capital, en una de las viejas radios. Con el relato de Carlos Solé, en una transmisión rudimentaria. Luego hubieron muchas alternativas más que se agolpan en la memoria, tanto a nivel de selección como de clubes, con la espontánea alegría de la gente, a la que los eventos del deporte como pocas cosas saben despertar. Así hasta el día de hoy.
Antes que en días de calendario las maravillas de la tecnología nos hablan del tiempo que ha pasado. Del relato de la vieja radio a la fecha, vivimos en el tiempo digital, el de las comunicaciones vía satélite, el de los partidos transmitidos en color y con las jugadas importantes reiteradas por ocho cámaras desde ángulos distintos. La emoción por sobre las maravillas electrónicas sigue igual siendo la misma. Para nosotros la gloriosa camiseta celeste cuando aparece en una cancha para dirimir una contienda, siempre -junto a cientos de miles de compatriotas en el mundo-nos hace encender algo en el pecho. Acompañando la suerte de cada jugada.
Se trata de un estado de espíritu que nos invade a los uruguayos y a todos los pueblos que siguen a su seleccionado nacional. En medio del alud de información que nos llega, una publicación reciente hacía un "ranking" al comienzo del actual campeonato, de acuerdo con el PBI -en definitiva, la riqueza medida en números- de los participantes. Al lado de Alemania, o de Inglaterra, de Estados Unidos, o de Brasil, nuestros números eran nada. Sin embargo, tras un sin igual desempeño, allí, nos han ubicado nuestros jugadores, entre los ocho mejores del mundo. La desproporción entre la realidad material y la conquista deportiva es significativa.
Hay algo más que se ha dado en esta oportunidad en la que preferimos no mencionar nombres para no efectuar diferencias entre quienes tienen la responsabilidad deportiva principal. La trayectoria de la selección en el Mundial revela temperamentos mesurados, gente ubicada, que por sobre lo deportivo hace mucho bien a la imagen nacional, al tiempo que nos pone en la atención del mundo. Y, es con orgullo que subrayamos la última circunstancia, respecto de la cual hemos escuchado muchos comentarios.
Lo hecho ya es muy importante. Lo que no obsta esperar que Dios nos ayude -a la celeste- y en lo que resta, si podemos, ayudar a Dios.