Washington Beltran Storace
Si no fuera porque ya pasaron tres meses desde que asumió, diría que el desempeño de José Mujica en la Presidencia de la República ha sido una grata sorpresa. Hombre que maneja con igual soltura una frondosa imaginación con buena cuota de sentido común, ha desgranado un rosario de ideas sobre los temas más variados -que comparto en su inmensa mayoría-, al tiempo que ha creado un envidiable clima político, donde gobierno y oposición han colgado sus cananas y han elegido el diálogo como forma de enfrentar, no ya sus problemas, sino los problemas del país.
El drama es que han pasado tres meses y no veo ningún paso, no conozco ninguna iniciativa que apunte a ese magno objetivo. Parece como si el tiempo se hubiera detenido tras el magnífico discurso que pronunciara en la Asamblea General el 1° de marzo, su mensaje de unidad, sus grandes líneas para encarar el futuro que a todos abrió una expectativa de esperanza y luego… nada. Sus ideas fueron pasando como las hojas del almanaque y terminaron como aquéllas también en la papelera. Allí están la prisión domiciliaria para mayores de 70 años, la internación compulsiva de adictos a las drogas, las cárceles administradas por militares, mientras siguen sobre su escritorio -pero se desconoce su rumbo- la reforma del Estado, el plan de viviendas, la descentralización universitaria, el puerto de aguas profundas en La Paloma y una última que irrumpió con estruendo e incertidumbre (en cuanto a sus contenidos, sus alcances y sus efectos), que es la modificación del sistema tributario y la modificación del secreto bancario.
Es una lástima. Todos los gobiernos disfrutan de un período de gracia en sus famosos 100 primeros días. Y la experiencia dice que ese es el momento de introducir los grandes proyectos que identificarán a ese período. Que la luna de miel que se genera entre gobernantes y gobernados hace al ciudadano receptivo a iniciativas profundas, que deben ser elaboradas en la etapa que va entre el triunfo electoral y la asunción presidencial y volcadas al Parlamento de inmediato. Mucho más en este caso que tenía, solo con su partido, regimentadas mayorías en el Legislativo a las que se podrían sumar representantes de otros partidos, a los cuales había respetado y con los cuales había conversado durante esos días de verano.
Con una mirada optimista, se podría decir que hemos avanzado muy poco. Si asumimos una posición pragmática, tenemos que concluir que ese muy poco se asemeja a nada. El país mantiene sus mismas urgencias, que no pasan precisamente, por modificar el secreto bancario.
El quietismo gubernamental adquiere características dramáticas si pensamos que los próximos meses serán los más difíciles para la nueva administración, porque tendrá que enfrentar la avalancha de movilizaciones que normalmente rodea el trámite del Presupuesto. Cada sector del aparato estatal luchará por sus reclamos y por salir bien servido en el reparto de la torta: se trata del futuro y de asegurar los próximos cinco años. Serán tiempos de enfrentamientos y hasta la dócil Pit-Cnt tendrá que jugar alguna carta para cumplir con sus afiliados a riesgo de que pasen por arriba a sus actuales autoridades compañeras.
Gremios movilizados y en la calle, estudiantes movilizados y en la calle no son el clima ideal para legislar en profundidad. A los meses ya perdidos se sumarán otros, y nadie podrá recuperarlos.
No veo, además, al presidente Mujica plantado en una posición dura y de enfrentamiento ante los reclamos, salvo que estos sean extremadamente desmedidos. Va a querer arreglarlo todo con el diálogo, sin emplear la palabra "No". Pienso que el reciente conflicto de Conaprole fue un prólogo de lo que va a venir. Una pulseada planteada por un sindicato fuerte, en un área muy sensible -como es el abasto de leche a la población y las exportaciones-, para conocer los "reflejos" del gobierno y su disposición a enfrentar conflictos. Y el balance no le fue favorable: se encontró en una encrucijada entre la razón de la empresa y la sinrazón del sindicato. Fue lento en responder y antes que fallar en contra de los trabajadores y a favor de la empresa, eligió "tirar la pelota para delante". Mala señal.
O hay un cambio brusco en el rumbo del gobierno, o los tiempos que se avecinan pueden ser caóticos. Pasó el tiempo de las declaraciones; el gobierno debe gobernar aunque ello signifique enemistarse con unos y recibir críticas. Debe tomar decisiones claras y, ojalá, acertadas, pero su obligación es tomarlas. Son las reglas del juego a las que no está ajeno ningún presidente.
Peor es seguir en un limbo indefinido, donde las contradicciones se vuelven el pan político de cada día.