Contra el pueblo

RODOLFO SIENRA ROOSEN

Criticar actitudes sindicales no es simpático, pero de tanto en tanto hay que abordar el tema, porque demuestran una falta de madurez tan agresiva como inoperante. Y son reiterativas.

Hace aproximadamente seis décadas, un joven sano, deportista, de buena familia, vio como en un ómnibus un carterista despojaba a una señora. Lo vieron también el guarda y los demás pasajeros pero sólo ese joven bajó detrás del punga, lo persiguió, lo alcanzó, y cuando recuperaba lo robado el delincuente lo mató de una puñalada. Se llamaba Gustavo Volpe.

El hecho conmocionó tanto a la sociedad que hoy existen organizaciones que lo recuerdan y hasta un Movimiento Nacional con su nombre, con el fin de preservar derechos de la infancia, adolescencia y familia, colaborando con la solución integral del problema de la exclusión social.

Eso sí, el sindicato, no paró sus actividades. Todos los días, los trabajadores del transporte colectivo observan como operan en sus narices los pungas y rapiñeros -a quienes muchas veces conocen- pero mutis por el foro.

El 30 de abril, nuevamente un taximetrista fue asesinado. Lamentablemente es una profesión riesgosa, ha pasado muchas veces aún antes que la seguridad pública viviera el drama que aterroriza hoy a nuestra sociedad, y seguirá pasando.

Hay cosas que no se pueden controlar. Conocido el luctuoso suceso, todo el transporte detuvo de golpe su actividad sin previo aviso a los usuarios, que en vísperas de un primero de mayo, ya con servicios acotados por ello, se quedó de a pie y tuvo que volver caminando a su casa, o esperar horas y horas alguna unidad que se animó a circular.

Dicen los sindicalistas que el paro es por protesta y buscan conmover la sensibilidad del gobierno para buscar soluciones. Saben que por esta vía no van a conseguir nada.

Son conscientes -lo dijeron públicamente- que quien paga los platos rotos es el pueblo, el más modesto, el de menos recursos. Pero el paro es sagrado.

A nadie se le ocurre pensar en colaborar con la familia del obrero muerto, trabajar todos como nunca, multiplicar servicios, y donarle a los damnificados el jornal de un día. ¿Por qué no hacen eso, en lugar de tomar de rehenes a quienes no tienen culpa alguna del asesinato? Es ilusorio: la medida es el paro.

El gremio de trabajadores que prestan servicios esenciales a la población inocente, la agrede quitándoselos. Increíble pero cierto.

Y lo peor, es que hay gente que ante los medios justificó el paro como "única medida" a mano de los huelguistas para que los atiendan.

Traen el recuerdo de aquél de quien se comentaba que "todo Madrid lo sabía, todo Madrid menos él". O si quieren, al personaje de Andrea, apodado "el Magnífico" sospechando de María Grazia, en la novela de Fernando Commelynk que inmortalizaron en cine Tognazzi, Cardinale y otros.

No es concebible que aunque sean pocos, los tomados como rehenes se resignen mansamente a la tolerancia del paro salvaje. Es que así los estimulan.

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