LEONARDO GUZMÁN
En las internas de 2009, en los tres lemas mayores fueron ungidos como candidatos presidenciales los que dos años antes eran imprevisibles. Factor común: la ciudadanía quiso renovación.
En el balotaje, los ciudadanos, por mayoría, se identificaron con el estilo del señor José Mujica. Años atrás, no era pensable. Pero ¡cuántos imposibles llevamos vistos!
Buenos y malos.
Después de la inmolación de Brum por el golpe de Terra, creímos imposible otra dictadura. Pues llegó otra mucho peor, por sanguinaria.
El domingo 16 de julio de 1950, en la feria de Tristán Narvaja todos temíamos la goleada. Esa tarde nos regalamos el sueño de sentirnos campeones del mundo para siempre.
Creímos imposible que ganara el Partido Nacional y después creímos imposible que la crisis del 2002 permitiera una entrega ordenada de la economía. Lo primero se hizo verdad en 1958 -Herrera y Nardone- y en 1962 -UBD, Beltrán y Heber. Lo segundo -Batlle, Atchugarry y Alfie- cristalizó en 2004. Es que si la política es el arte de lo posible, proponerse y llegar a lo imposible es ensanchar el arte. Es decir, es agrandar el horizonte del hombre.
Pues bien.
Mujica ha de jurar el lunes la Constitución que en el pasado violó: el Uruguay con alma liberal ha de recibir su compromiso con respeto humano y cívico.
Tendremos un Presidente cuya buena intención no se duda, pero que, por años, fue más rotundo en el lenguaje que preciso en los proyectos.
Por nuestra parte, sentimos que en la fecha todos -votantes y adversarios del triunfador de la hora- debemos volver a jurar la Constitución, como régimen de derechos, deberes y garantías, como código mayor del gobierno y, sobre todo, como programa de vida.
Si el Presidente sigue pensando por raptos y luces esparcidas, ha de ser deber de la ciudadanía pasar en limpio, por debate abierto y no por presiones, lo que pueda compartir de sus iniciativas y lo que haya de motivar discrepancias.
La ciudadanía necesita volver a enmaridarse con el Estado desde los valores y por las metas, en vez de cruzarse de brazos frente al televisor para que le cuenten qué van a decidir grupos que hablan en su nombre. Lo necesita la ciudadanía como lo que es y debe ser siempre: órgano de la democracia compuesto por los sentimientos y la deliberación de ciudadanos cuya conciencia les permite hablar sobre mucho más que sus propios intereses. Asumiendo la responsabilidad de pensar cada uno con cabeza propia, en vez de dejarse anotar como un número más en encuestas anchas y ajenas.
Deliberar juntos por encima de lo que hayamos votado, permitirá avanzar hacia un Estado cuyas decisiones tengan fundamento claro y fines nítidos, atajando para el siglo XXI todo desborde y todo unicato y construyendo el poder a punta de razones, sopesadas por su mérito y no por cuotas sectoriales ni pegatinas. Veremos si el señor José Mujica asume sin retrogustos ni guerra de clases y con la libertad -individualista a lo Voltaire, anarquista a lo Bakunin o socialista a lo Habermas- como Norte de sus esfuerzos y límite de su poderes.
Mantenga y vigile el nivel de debate y recuerde que nuestras Normas de Participación implican obligaciones y responsabilidades.