JUAN MARTíN POSADAS
Los partidos políticos tienen que ser organismos vivos, con actividad permanente, no solamente en períodos electorales. Tan claro como eso es que su actividad no puede circunscribirse a la acción parlamentaria y a las funciones de gobierno sino que debe llegar también a abarcar los variados ámbitos donde se desarrolla la vida cotidiana porque en esos ámbitos es donde día a día se construye (o degrada) la sociedad y la República.
La Secretaría de Asuntos Sociales fue una creación de Wilson Ferreira Aldunate encaminada a que el Partido Nacional tuviera una instancia orgánica de atención y trabajo en el sentido arriba mencionado, tal como corresponde a un partido político moderno. La importancia de esa Secretaría no siempre fue comprendida por la dirigencia partidaria; muchas veces, en vez de servirse de ella o colaborar con sus actividades y miembros, fue considerada como rival (?) que disputaba espacios o personal.
Pero actualmente esta Secretaría ha sido afortunadamente convocada para trabajar en la elección de miembros del Codicen que tendrá lugar los próximos días. Ese ámbito, el de la dirección de la enseñanza pública, ha sido colonizado por la izquierda para extender su influencia político partidaria. La tarea del Partido Nacional, tal como fue expuesta en la nota de la semana pasada, es luchar no para que los sindicatos de la enseñanza se vuelvan blancos y subordinados a los intereses de nuestra política partidaria (eso sería repetir el mismo abuso del Frente Amplio con otro color) sino liberar a la enseñanza de su actual estado de coloniaje.
El empeño que las fuerzas del Frente Amplio han aplicado para que las instituciones de la enseñanza, los textos, los programas y demás sirvieran para la extensión de su ideología y de su proyecto político, ha servido eficazmente para ese fin pero ha servido muy poco para mejorar la enseñanza que reciben los niños uruguayos.
El campo de la cultura se ha convertido también en territorio disputado a raíz del referido proyecto colonizador que sobre él ha proyectado indebidamente el Frente en el correr de los años. Tomemos, por ejemplo, esa manifestación de cultura popular que es el carnaval. La murga dejó de ser aquella expresión bullanguera, rea y medio zafia con que se hacía burla a los encumbrados y ha pasado a convertirse en la murga compañera, políticamente correctísima, que canta al oficialismo las loas que entiende le corresponden y lo secunda con las críticas que son funcionales.
No se trata, por supuesto, de prohibir nada; que salgan todo lo que quieran las murgas de intelectuales orgánicos bien comportados y bien alineados. Pero que haya otros que le devuelvan al carnaval uruguayo su vigor dionisíaco y retobado, su carcajada desdentada y libre, sin carné de afiliación ni dirección postal en el comité de base. Y lo que se dice del carnaval se puede aplicar, "mutatis mutandi", a la cultura culta, la producción teatral, los clubes sociales, el periodismo y tantas otras actividades.
Hay que revertir la mentalidad colonialista; esto se logra más rápido si nos dirigimos a los colonizados que si lo hacemos a los colonizadores.