JUAN MARTÍN POSADAS
El Partido Nacional tiene por delante dos áreas de repaso crítico de sus comportamientos y opciones. Una es el replanteo de su conducta electoral frente a la lógica binaria que impone el ballotage. Esto fue explicitado en diciembre, prendió, fue recogido por otros comentaristas y la masa partidaria y se va procesando.
El otro terreno de revisión aparece con motivo de la elección de integrantes del CODICEN y de los Consejos Desconcentrados. Ese "despertador" instala la necesidad de revisar aquel concepto tradicional de que la política -la acción específica de los partidos- tiene lugar en tiempos determinados (las elecciones) y en escenarios también específicos. Este enunciado, un poco teórico, se podría representar gráficamente así: la política es una actividad que se desarrolla en espacios solemnes como el Palacio Legislativo, el Palacio Esteves, los Ministerios, sedes municipales, etc. En otros países a esa lista se deben agregar los cuarteles, en otros, las catedrales (o las mesquitas). Desde allí son manejados los destinos nacionales (se hace política) y los agentes legítimos y exclusivos de esa acción son quienes trabajan, habitan o se mueven en esos ámbitos.
Eso pasó a la historia: en nuestro país y en el mundo (para bien o para mal es otra discusión). Quien crea -persona o partido- que el terreno de la política se circunscribe a esos espacios, solemnes y simbólicos, se equivoca.
Si partimos de la base de que los partidos políticos no pueden reducirse a ser meras maquinarias electorales y que los dirigentes tienen otros cometidos además de procurar ser elegidos, y si agregamos lo de arriba en cuanto a que la política se ha derramado de sus ámbitos tradicionales y está presente en toda la vida de la sociedad, entonces se hace evidente la necesidad de revisar viejas concepciones.
El Partido Nacional tiene un sello y un contenido secular, consolidado en la acumulación de sus acciones más que por documentos o proclamas. Nuestro partido se formó en la lucha por la libertad y contra los autoritarismos. El combate en las cuchillas por la pureza del sufragio no es otra cosa que la lucha por las libertades, para que el ciudadano pueda tomar sus decisiones sin mandones que los arrinconen ni prepotentes que lo achiquen. El Partido es esencialmente eso y porque somos eso no podemos aguantar quietos que los corporativismos manipulen la enseñanza, como no podemos quedarnos de brazos cruzados cuando los dirigentes del sindicato portuario impiden subir a los barcos pesqueros a los trabajadores que no quieren sindicalizarse.
El Partido está activo entre una elección y otra bregando por las cosas que siempre defendió. No queremos sindicatos blancos, ni en la docencia ni en el mar. Pero no vamos a desentendernos de aquellos valores que nos han dado identidad y sentido, se jueguen donde se jueguen. No vamos a desentendernos de los procesos electorales, pero tenemos claro que los valores republicanos se juegan en varias canchas y de ninguna nos vamos a ausentar. Este razonamiento, obvio y contundente, no tiene registro claro en la cabeza de todos los dirigentes. He aquí el otro gran campo de autocrítica.