Legisladores yéndose

LEONARDO GUZMÁN

El lunes se inaugurará la nueva Legislatura. Para el recambio, muchos diputados debieron hacer su mudanza bajando bártulos por las largas escaleras del Anexo del Palacio Legislativo.

No funcionaba ninguno de los cuatro ascensores. Todo un símbolo: rotaron los tres partidos y sigue el Uruguay chambón. Apena y asusta.

Puesto que todos clamamos por hacernos eficientes, el mensaje es bochornoso: debemos sentirlo por unanimidad, como un clamor póstumo del quinquenio ido. Patentiza un yerro básico, que no hemos de corregir mientras muchos sigan creyendo que la responsabilidad se limita a evitar sanciones mostrando que "la culpa no fue mía", y sigan olvidando que las personas y los pueblos se agrandan cuando aprenden que la responsabilidad es su capacidad de respuesta frente a cada planteo de la vida. La cultura consiste en responder a los problemas que nos interrogan, no en escabullirnos frente a las miradas incómodas ni depositar las culpas fuera de nuestro protagonismo, ya se trate de ascensores parados en un Anexo supuestamente funcional, de basura en las calles o de seguridad pública.

Ojalá eso se vea claro en los tiempos que el Uruguay logre amasar con los legisladores que llegan. Ojalá puedan trabajar juntos para recuperar la representación de la debilidad en que cayó cuando desaparecieron las asambleas multitudinarias, con voces capaces de interpretar a la mayoría o de alzarse recias como minoría. Las sustituyó el lenguaje condensado, clasificado y pasteurizado de las encuestas, al punto que a muchos hombres públicos les tienta más averiguar qué cuentan los encuestadores que bruñir su pensamiento en la confrontación de tesis.

Del Parlamento que se va, todos hemos de extrañar figuras que, afines o adversas, respetamos por el peso de sus visiones. Sin duda, es juego democrático entrar e irse, pero quien esto escribe lamenta que dejen el Senado ciudadanos que desde hace décadas han sido consagrados por su ideario y su trayectoria, como Julio M. Sanguinetti, que en el Uruguay restableció la libertad, y su subrogante Didier Opertti, Ministro jurista sin tacha durante un decenio.

También lamento que se vaya Isaac Alfie, que, al renunciar Jorge Batlle, entró hace un lustro novato y sin caudal propio, y se convirtió en interlocutor de todos, con la autoridad de su gestión ministerial y el valor de la actitud abierta con que puso sus razones técnicas y políticas al servicio del país. Batllista formado en la entrañable militancia de su padre Jack, heredó la postura -reciedumbre en los conceptos, apertura en la interlocución, respeto al otro- que aplican los hombres de principios siempre y valen tanto más en tiempos de perplejidad y diáspora.

Posturas de ese porte harán falta para mantener las semillas y esporas del gran país que supimos ser.

Ese país que ahora evocan todos, hasta el inminente Presidente Mujica, y que deberá cultivar las más altas fuerzas espirituales para convertir en esperanza la amarga verdad que selló el Dante: Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar