RODOLFO SIENRA ROOSEN
El editorial del domingo pasado -un paradigma de sensatez política- hablando de la presentación del nacionalismo en las elecciones departamentales, terminó diciendo que "si se hacen las cosas bien, en esta lucha no estarán solos, porque las decisiones en materia política generalmente las adoptan las cúpulas y las transmiten a sus militantes; pero en otras ocasiones -que no son muchas pero que son las verdaderamente importantes- son los militantes, el pueblo, el que las reclama de forma espontánea. Y si sus autoridades no los escuchan, no les hacen caso y les dan la espalda, las descartan, pasan por encima de ellas, actúan conforme a sus legítimas convicciones. Y pueden castigarlos duramente, hasta hacerlos desaparecer del escenario político con el arma letal de que están munidos, el voto". Para concluir: "cosas de la democracia, donde los hombres libres son rehenes de su propia conciencia".
Es aquello de "un arriba nervioso y un abajo que se mueve". Bien. Quedó demostrado que hay un "abajo" importante de ciudadanos opositores al gobierno, que piden que sus partidos se coaliguen para enfrentar así a la coalición de izquierda, integrada por partidos y sectores políticos con ideologías antagónicas entre sí, pero que se juntan para sumar, en dos instancias políticas puntuales: para decir que no a todo y ponerle el palo en la rueda al gobierno de turno cuando están en la oposición, y para votar cuando se trata de alcanzar o continuar en el poder. Y después que logran este objetivo, se comen la cabeza entre ellos, pero tienen el mando que la dispersión opositora les regala.
En pocos días, en el peor momento del año, en que la gente suele estar con la cabeza en otra cosa y disfruta de sus vacaciones evitando ser localizables por quienes los buscan para cosas tan inoportunas como la de invitarlos a algo que los haga pensar, más de cien ciudadanos se expresaron a favor de dar batalla electoral unidos, en base a principios comunes suficientes para cogobernar, como lo es su cultura democrática y su respeto a las Instituciones y al Estado de Derecho.
Que se trate de una innovación apresurada o de discutible eficacia, es una objeción admisible y a debatir. Lo que no es de buena fe es amoldar la realidad a la voluntad de quien rechaza la propuesta con mentiras y falacias.
Porque nadie pretende que un partido político resigne a ninguna otra cosa que no sea el sacrificio de algunas pequeñas chacras conquistadas o a conquistar, o a una ambición personal desmedida, en aras de un interés superior.
Porque nadie propone soluciones "ilegales" o de "ilegalidad saldada", como si el principio de libertad, de rango constitucional, no amparara la pretensión a que se aspira sin necesidad de transgredir una norma vigente.
Como si no supiéramos quién es quién entre nosotros, y quién necesitaría de una transfusión total de la sangre de su organismo, para darle sentido a la insolencia de su ironía macabra de proclamarse como un "defensor de las leyes".