No será esta una columna más criticando al ex embajador argentino. Su celebrada salida del cargo ha sido un bálsamo suficiente como para sobrellevar por última vez el trago amargo de su complejo de virrey, petulancia y prepotencia. Lo que sí resulta interesante es analizar el ar-tículo que desató su caída, como forma de comprobar el grado de confusión que enmarcó su gestión.
La columna, titulada "los tres Pepes orientales", traza un paralelismo entre dos personajes destacados de la historia nacional, Artigas y Batlle y Ordóñez, sumando al selecto dúo al presidente electo, José Mujica, en una rebuscada asociación entre esas figuras que modelaron el Uruguay de hoy, y el nuevo mandatario cuya aportación está aún por verse.
De Artigas se podría haber dicho mucha cosa. Sobre todo teniendo en cuenta el papel fundamental que jugó en la historia del vecino país, como bien lo marcó Eduardo Azcuy en su obra "Artigas en la historia argentina". Su actualización ideológica, que abrevaba en fuentes tan avanzadas para su época como la revolución estadounidense, de la que extrajo conceptos trascendentes como el federalismo. Sus nociones avanzadas sobre justicia social y panamericanismo. Pero por encima de todo eso, se debería destacar su visión incluyente de la sociedad, y su profundo conocimiento (y reivindicación) de su tierra y su gente.
Pero el ex embajador elige centrarse en su lucha contra el centralismo porteño. Curioso, teniendo en cuenta que se trata del representante de los gobiernos más centralistas que haya tenido el vecino país en mucho tiempo. Los Kirchner han intervenido provincias cuando el caudillo de turno no era de su agrado, han expoliado a los sectores productivos de las provincias, y han manejado los fondos de coparticipación federal para "alinear" a los gobernadores insumisos. Difícil encontrar una visión menos "artiguista".
Sobre Batlle también es mucho lo que se podría decir, aunque el que sepa algo de historia no esperará encontrar elogios en estas páginas. De eso hay más que suficiente en la historia "oficial". Pero, como escribió Carlos Real de Azúa en "El impulso y su freno", tuvo una posición "hostil al campo, urbana, que rompió con las fuerzas de lo que de algún modo cabe llamar lo criollo". "Tal postura implicó a la larga frustrar un desenvolvimiento que pudo llevar a nuestra economía por una corriente similar a las de Australia o Nueva Zelanda". Por otra parte, el proceso de estatización de empresas que tanto admira el ex embajador, generó lo que Real ya en 1964 calificó de "feudalización que hace de cada uno de esos entes económicos un coto cerrado de sustanciales privilegios corporativos". Además impulsó un proceso político sectario de los valores nacionales "con su seguridad infalible de en dónde estaban los justos y los réprobos".
¿Padre del Uruguay moderno? Sí. Pero también de este Uruguay centralista, macrocefálico y con un feudalismo corporativo y estatista que asfixia el impulso privado. Además, y para citar a otro ilustre pensador (colorado) Pedro Figari, pergeñó un sistema educativo y cultural que generó la plaga de un proletariado intelectual tan despreciativo e ignorante de nuestra realidad nacional, como improductivo para transformarla. Un problema que Argentina también ha sufrido.
Y así llegamos al tercer "Pepe". Sobre su pasado intolerante no es el momento de profundizar. Aunque cabe recordar que luchó para implantar un sistema comunista a imagen del cubano, el cual, para citar a un pensador peronista cercano a lo que dice representar el ex embajador, Jorge Abelardo Ramos, "arrastró malamente su vida con las pupilas clavadas en el centro moscovita, desarraigado como una planta esteparia (o una palmera caribeña) en la tierra del ombú". Sobre su gestión gubernamental solo cabe esperar, cruzar los dedos, y augurarle suerte. Y sobre todo, que se cuide mucho de esos que se acercan proclamándose "amigos", pero que después tienen la irritante costumbre de pretender mandonearte como si fueras provincia, cuando no directamente clavarte un puñal en la espalda. Y si no que le pregunte a Tabaré.