DIEGO FISCHER
Todos los años sucede lo mismo. El señor intenta hacer lo que quiere y -casi siempre- se sale con la suya. Tal vez porque aún hay gente que, de buena fe, está convencida que lo que organiza sirve para promocionar Punta del Este y digo Punta del Este y no "Punta leste." como él acostumbra a vociferar. Yo sinceramente estoy convencido que es propaganda en contra para la costa uruguaya. ¿Quién en su sano juicio puede presenciar esa murga (con perdón de los murguistas y murgueros) cuyo letrista repite a lo largo de dos horas en tono desaforado media docena de vocablos mal empleados: glamour, las modelos, punta leste, el verano, los famosos, la bijou. Porque si de ver modelos hermosas se trata, basta con sintonizar algún canal de cable.
Hace unos años ni el clamor legítimo de los vecinos al Este del arroyo Maldonado, pudieron detenerlo cuando decidió armar una pasarela sobre una duna. Otro año desafió a las autoridades del Instituto del Niño y de la Adolescencia (INAU) que -aplicando las leyes vigentes- le advirtieron que menores de edad no podían participar de su negocio disfrazado de desfile de modas.
Este año -como no podía ser de otra manera- volvió a dar la nota. O mejor dicho intentó darla. Pretendió contrabandear ropa. En efecto, 2.500 prendas quedaron retenidas en Colonia por orden judicial. En otras palabras se detuvo un gran bagayo que el señor de marras quiso ingresar al país a través de terceros.
Pero además las autoridades de la Dirección General Impositiva, hartas de que se burlara de ellas, le exigieron por adelantado un depósito a cuenta de la facturación. En esta ocasión el manido verso después arreglamos no corrió. Aún a riesgo de ser silbado por muchos y ser tachado de oficialista -nada más lejos de mi mente y mi corazón- pido un aplauso para la DGI. Pero un aplauso como esos que le damos al asador cuando la carne quedó en su punto exacto. ¿Por qué? Pues si los comercios instalados de Punta del Este son rigurosamente fiscalizados y si a usted y a mí nos controlan permanentemente a ver si cumplimos con nuestras obligaciones tributarias, no veo razón para que este señor golondrina tenga que estar -por la vía de los hechos- exonerado de impuestos.
Felizmente, en Uruguay las normas se aplican y no hay hijos ni entenados. Unos pueden ser diestros para la escritura, otros se destacarán en la medicina o diseñando software. Muchos tendrán la virtud y el oficio de ser buenos anfitriones y atender bien a los turistas. Claro; también están los que cada verano recalan por estas latitudes para hacer su enero pidiéndoles a otros que muevan las cabezas. Pero, al parecer, este año no seremos todos los uruguayos los que pagaremos de nuestro bolsillo tanto brushing.