Una avalancha de votos consagró a José Mujica como el futuro Presidente de la República. El Partido Nacional peleó y perdió. No es algo nuevo en su larga historia; por el contrario, parece ser su sino y a la vez su fuerza que lo hace revivir, curtido de cicatrices, para emprender una nueva batalla. Es ese diálogo con la adversidad que le da al militante nacionalista una fuerte carga de emotividad, de indomable sentido de pertenencia a una divisa que sella más por las heridas de una derrota que por las mieles de la victoria.
"Todos andamos con esta muerte inverosímil, con este muerto tan grande sobre el alma. Vivió sólo dos días: el de la esperanza cívica y el del sacrificio. Sería dichoso que viva un siglo por lo menos en la memoria de su pueblo", escribió Constancio Vigil, soldado de Saravia y luego fundador de una de los imperios editoriales más grandes de la Argentina (Editorial Atlántida), cuando el general cayó en Masoller con la victoria a la espera de su última carga. Su oración fue realidad, porque la memoria de Aparicio Saravia venció el paso de un siglo y los blancos siguen venerando su imagen, su coraje y el sentido de su lucha. Un Partido que parecía destruido con la muerte de su Jefe, surgió victorioso pocos años después cuando los ciudadanos votaron una nueva Constitución que recogía las banderas cívicas que Saravia enarboló en los campos de batalla. El caudillo, después de muerto, ganaba su más grande batalla.
En esa imagen y en los 93 años que el Partido Blanco estuvo en el llano, derrotado una y otra vez, enfrentado a intervencionismos extranjeros y a dictaduras militares, relegado a ser minoría -por las buenas o por las malas- en el país, se forja la fortaleza del temperamento nacionalista. Que no es resignación, sino rebeldía. Es aceptar que fue superado y prepararse para una nueva batalla.
"No nos den por muertos ni aun después de muertos, porque seguiremos peleando. Sombras señeras de figuras inolvidables acompañan nuestro paso. Sangre blanca corre por ellas; sangre blanca corre por nosotros", escribió Washington Beltrán, tras una de las jornadas aciagas del Partido Nacional y cuando algunos querían extenderle su certificado de defunción. "Nuestras banderas jamás besarán tierra porque vendrán las manos de nuestros hijos y la de los hijos de nuestros hijos para enarbolarlas y hacerlas flamear. No se gasten en escribir epitafios sobre el Partido Nacional porque ya hemos enterrado demasiados. Somos idea, la unión nos hará fuerza".
Lógico que hay una sensación de amargura, que el resultado final no puede haber dejado contento a una colectividad que vio, semana a semana, como las encuestas marcaban un descenso, que se iban perdiendo voluntades y no se encontraban los caminos para revertir ese proceso. Pero todo se dio dentro de un ejemplar juego democrático: el Partido Nacional dirimió el tema de su candidatura en elecciones internas.
Luis Alberto Lacalle se erigió en claro triunfador y hubo un emotivo abrazo con Jorge Larrañaga, la noche misma de su triunfo, que hizo presagiar una marcha avasallante hacia octubre y después noviembre. Empezó como el "será" y terminó con el "no pudo ser".
En el medio quedó una larga y extenuante campaña, donde la fórmula nacionalista no dejó rincón sin visitar y trasmitir sus propuestas. El esfuerzo se hizo, el resultado no se dio. Manejar hipótesis de lo que pudiera haber ocurrido si… es absurdo. Peor es buscar culpables o endosar responsabilidades. Solo cabe la reflexión sobre eventuales errores y el reconocimiento al acierto de los adversarios. Aprender de ellos para mejorar el diálogo con el pueblo.
Más acá en el tiempo, en su primera aparición pública tras su prisión en Trinidad, Wilson habló de las elecciones de 1984, de aquellos que le preguntaban sobre la causa de la derrota de "mi Partido" Y la respuesta de entonces es la respuesta de ahora. "A mí puede preguntárseme a qué atribuyo yo la victoria del Partido Colorado. Pero, ¿derrotados nosotros? ¿A quien se le puede ocurrir que el Partido Nacional esté derrotado? (…) Para nosotros la lucha comienza todos los días de nuevo y, por lo tanto, comienza hoy".
Ese es el destino del blanco: el triunfo que es esquivo, la lucha permanente y el profundo orgullo por la divisa. Ese fue el bautismo de miles de jóvenes en estas elecciones.