La solidaridad como parte de la formación

| Para muchas personas, la peor enfermedad es la soledad. Acciones solidarias en familia que ayudan a crecer.

Ana María Abel

Lic. Ciencias familiares

Existen muchas actividades solidarias y planes de ayuda a los más carenciados. En algunas se recaban fondos para colectivos concretos mediante el consumo y disfrute de un alimento, un concierto u otro entretenimiento. Si nos quedáramos sólo en esto estaríamos educando a nuestros hijos en una solidaridad teñida de cierto interés personal.

Andrés leyó un comentario de Teresa de Calcuta, quien vivió muchos años en inmensas ciudades de la India con nueve, doce, veinte millones de personas: "La herida más grande es la falta de amor, el zarpazo de la indiferencia hacia el que vive en nuestra calle. A veces alcanza a quienes viven en nuestra casa". La mayor enfermedad de hoy no son el cáncer ni el Alzheimer sino el sentirse no cuidado o querido insuficientemente, no tener con quien compartir una alegría o un dolor. La "solatio" latina, la "solitude" francesa, la "solitudine" italiana reclaman de nosotros para quienes la experimentan, la "con-solatio", la "con-solation", la "con-solazione", el consuelo. La raíz de estas expresiones indica "estar-con" el que se encuentra solo. Cuando alguien "entra" en su pena se siente consolado y por ende, acompañado.

Andrés y Marta lo conversaron y se han propuesto vivir con sus hijos costumbres de ayuda desinteresada que implique algo más que proporcionar un alimento no perecedero o ropa que ya no se usa, sino dar algo del propio tiempo con el corazón en la mano para escuchar, reír, sonreír y cantar. A un mes de Navidad estos padres creen que es bueno para sus hijos llevar calor humano a quienes pueden estar solos: un anciano de la familia, una vieja empleada que los cuidó de pequeños y vive de una exigua jubilación, una vecina cuya familia no está en el país. No sólo les pesará menos la soledad, la artrosis o la estrechez, sino que los más chicos crecerán en humanidad, con menos exigencias y quejas.

Es bueno explicar a los hijos que también existe una soledad buena que nos aleja por un rato de la tecnología y facilita encontrarnos con la naturaleza, con nosotros mismos o con Dios para meditar y determinar cosas importantes de nuestra vida. Pero esa otra soledad en el sentido duro y amargo del vocablo, es un mal típico de la cultura individualista, realidad dolorosa y amarga contraria a la naturaleza humana: estamos llamados a convivir, a compartir alegrías y avatares del camino con otros caminantes. No basta la simple cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial. Pablo Coelho apunta: "El universo solo tiene sentido cuando tenemos con quien compartir nuestras emociones". (flia@iuf.edu.uy)

Facilitar el sueño del niño.

Juegos muy activos inmediatamente antes de irse a la cama, no preparan al niño para dormir. Sí ayudan los cuentos y oraciones, conversar sobre lo que más le gustó del día: si hay algo que le inquieta también lo dirá y le facilitaremos sentimientos de seguridad y confianza.

Apoyo para embarazadas.

Los grupos de profilaxis pre-parto donde las futuras mamás comparten sus preocupaciones con otras madres, ayudan a desmitificar muchos temas que distorsionan la realidad acerca del irrepetible momento en que el bebé sale del claustro materno.

Renovar las relaciones familiares.

La Navidad puede ser un tiempo para cambios: el corazón está más sensible y dispuesto a derrochar afecto en casa, a reflexionar y a rectificar. También es un tiempo de gratitud, de compartir, perdonar y pedir perdón para comenzar otro año con el corazón renovado, renovando así las relaciones familiares.

El escepticismo en los jóvenes.

Jaime Nubiola, profesor de filosofía, dice que la peor enfermedad en los jóvenes es el escepticismo. Para curarla el mejor remedio es la coherencia de vida de los mayores. Los jóvenes están dispuestos a seguir a maestros auténticos que dicen lo que piensan y que viven lo que dicen.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar