El Nobel versus el Oscar

MIGUEL CARBAJAL

Concepción Silva Belinzon se inventó un Premio Nobel para ella sola. El suyo resultó así un premio indiscutido. Pero la norma ha sido que el Nobel creciera entre polémicas y escándalos. La forma poco previsible como resolvió concederle honorabilidad a su fortuna, el sueco que inventó la dinamita, ha sido una fuente de discusiones. El propósito fue bueno pero los logros resultaron arbitrarios a veces y demasiado atados al poder de la geopolítica. Aparte de menudencias más humanas.

Queda muy claro que no es lo mismo un Nobel que un Oscar, y resulta obvio que las cosas del cine deben manejarse con la fantasía comercial y el cuidado del mercado que merece cualquier industria.

El primer Nobel literario fue para un escritor francés, como corresponde. ¿Favoritismos? Pese a Le Clezio, la cultura francesa anda por andariveles vinculados a las letras inteligentes más que al pulso emocional de la ficción. El pasado fue para ellos un siglo de gloria. Rechazar un Nobel en nombre de las ideas fue un acto de extravagancia que sólo se podía permitir Jean Paul Sartre, inapetente para las cosas materiales como un millón de dólares. Y tan seguro de su valía para que un premio venido fuera de Francia le resultara irrelevante por lo comercial. Hubo otros rechazos, se sabe, pero nacidos de la presión.

La URSS logró la declinación de Boris Pasternak después de toda una odisea de persecuciones para impedir que Dr. Zhivago se convirtiera en una edición, además de una protesta. Y repitió esas presiones en el entendido que el Nobel era una intromisión a sus intereses expansionistas.

El Nobel de la Paz terminó por desnudar la postura ética del premio sueco, cercano a las minorías, de repudio franco a las tiranías o las posturas antidemocráticas: los excesos verbales de Borges con Pinochet y los miembros de la Junta Militar argentina lo dejaron fuera del cronograma, dándoles a los argentinos la oportunidad de sentirse menospreciados por su inteligencia. Lo que no es del todo así, porque Borges mereció sin duda un Nobel pero no fue el mejor escritor del mundo sólo porque los argentinos lo decidieran. Lo mismo hicieron con Maradona y crearon un monstruo.

Sartre, en cambio, fue el paradigma del poder literario, un pensador que ideó el existencialismo, un escritor y dramaturgo con títulos inolvidables, nada parecía estar más cerca de la arrogancia que la inteligencia viva del Borges que además promocionaba la vida bohemia, el amor libre, la promiscuidad entre profesores y alumnos, la supremacía de la verdad y la justicia, aunque él también se equivocó.

Sartre le dijo que no a un Nobel que hacía justicia a su formidable carrera literaria, ahora en declinación, hasta que venga el próximo revisionismo.

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