Un solo país

En reciente evento organizado por ADM, el Dr. Luis Alberto Lacalle definió los lineamientos generales de sus objetivos de gobierno: es el candidato de la oposición, de una oposición curiosamente mayoritaria, pero que por esas cosas de los sistemas electorales, se enfrentará con la coalición política minoritaria a su respecto, aunque con mayoría parlamentaria, absoluta. Y esa coalición de gobierno, también por esas cosas de la política, llevando el mismo nombre, cambió sustancialmente su presentación.

Fue esa la primera puntualización de Lacalle, quien se refirió a quienes generan en buena parte el pensamiento que está transmitiendo el Mujica de hoy, haciendo hincapié en que de ganar la Presidencia de la República, se reafirmará la realidad actual y no es cierto. Mujica y su barra representan la izquierda más dura y radical de ese complejo político. Lo que sí es verdad, es que un solo partido político tendría la suma del poder, y los partidos tradicionales y los demás estarían privados de la posibilidad de incorporarse al aparato del Estado. No es casualidad entonces que en el mensaje de Lacalle esté permanentemente presente la necesidad de buscar el equilibrio en el poder. Porque darse por satisfecho con la reiteración de la concentración de poder en una determinada colectividad política -claramente sectorial además- es alentar la ruptura con la construcción nacional que se llevó adelante en el país desde 1904, de hecho en un siglo entero de coparticipación en el manejo del Estado. El éxito de la candidatura de Mujica volvería a erradicar la cultura de la consensualidad entre vencidos y vencedores en una elección. El pensamiento de Mujica elaborado, reiteramos, por asesoras y asesores, no es -ni lo fue históricamente- compartido por toda la izquierda, buena parte de la cual es partidaria de la participación y de la transacción. Seregni entre otros, observó Lacalle, pensaba así.

Esas ideas que dominan en la intención de Mujica Cordano, parten del supuesto que la cultura de la consensualidad, y de la moderación en el ejercicio del poder, no han dado buenos resultados en primera instancia. Eso significaría que en el país con que se encontraron en el 2004 no se hubieran discutido antes los grandes problemas nacionales, lo cual rotundamente tampoco es cierto. Por no ir demasiado atrás, Lacalle mencionó a la ley de puertos, a la de forestación, y a las que permiten la asociación de empresas públicas con capitales privados a lo que este gobierno que termina, contradiciendo su enfática prédica anterior, acudió reiteradamente.

Hay que distinguir entonces lo que es el populismo del verdadero espíritu republicano. Es cierto que el fin de los gobiernos es la administración eficiente del Estado y el de la política es el de contribuir a la emancipación del ser humano. Ese es el papel que deben jugar los partidos políticos. Pero lo que es inadmisible aceptar -y los asesores de Mujica insisten en ello- es la idea que debemos evitar esfuerzos fraccionados para concebir proyectos siguiendo ideales que pretenden llegar a la verdad. ¿Qué quiere decir esto? Pues no otra cosa que en el proyecto de esta izquierda, habría quienes tendrían la verdad y los demás (los que no están con ellos) son ignorantes. Eso repugna a un sistema republicano. La verdad es inasequible para el ser humano. Mi verdad, resaltó Lacalle, la verdad de cada uno de nosotros, no es objeto de votación alguna. Eso, agregamos nosotros, es en definitiva la expresión más rotunda de la intolerancia. El equilibrio que se busca es el traído de la sociedad hacia el poder político, no a la inversa.

Un solo país es lo que cada uno puede aportar desde su interior, desde su espíritu, para llegar a un estado de calma social, de serenidad, que se exteriorice en las relaciones laborales, en la distribución del poder, en todos los aspectos de relevancia nacional.

Ninguno de los gobiernos posteriores a la dictadura, hasta el 2005, tuvo mayoría parlamentaria, pero gobernaron. Hay que pasar por el gobierno para saber que gobernar es negociar, transar. Todos los uruguayos buscamos lo mismo, seguridad, empleo, atender la salud, y muy especialmente la educación. No es posible que el país sancione una ley de educación cada cinco años. Y es allí justamente, en la desigualdad que trae consigo el bajo nivel de la educación en el sector público, en donde hay que restablecer el equilibrio perdido.

Es el país que queremos todos.

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