ALEXANDER LALUZ
Ha pasado un año del lanzamiento de Almohadones, el primer disco solista de Diego Azar. Y hasta hoy, el día de su presentación en la Zavala Muniz, su música sigue creando un estado de sorpresa que hace mucho no se daba en nuestra música.
Una sorpresa, vale aclararlo, muy bienvenida, por el saludable descaro, libertad e imaginación con que Azar asumió la composición e interpretación de las canciones del disco.
Para el concierto de esta noche, el guitarrista, compositor, cantante, contará con el apoyo de un nutrido grupo de músicos. A saber: Pablo Rey (guitarra eléctrica y tiple), Gerónimo de León (batería), Federico Sallés (sintetizador, saxo tenor y soprano), Diego Balseiro (bajo eléctrico y contrabajo), Santiago Lorenzo (guitarra española y bandoneón).
Y además de todo el repertorio de Almohadones, se exhibirán tres audiovisuales, que, según explicó Azar a El País, "serán como piezas independientes, no como cosas que suceden mientras tocamos. Los audiovisuales no quitarán la atención a la música, ni al revés". Estos trabajos serán Desierto, realizado a partir de una de las canciones del disco, El paraguas, un cortometraje basado en un cuento del propio Azar, con la dirección y guión de Federico Sallés y Nicolás Macchi, y Miradas indiscretas, que será "una instalación multimedia realizada en tiempo real, mientras estoy tocando la pieza".
Esta idea "surgió a partir de algo que me dijo (Gerardo) Grieco, director del Solís, en relación a que los espectáculos en esta sala tienen que tener algo distinto a lo habitual. Al principio dije `¡pa!, qué pesado`. Pero después se me ocurrió que sería una buena excusa para mostrar lo que venimos haciendo en ese terreno del audiovisual".
Hechas las presentaciones de rigor, queda un punto pendiente que, como dijo el propio Azar, es difícil de explicar (en pocas líneas) pero muy fácil de escuchar. ¿Qué es Almohadones? La salida más simple sería decir que es el primer opus de un músico de formación independiente, intuitiva, no académica, que asume como fuentes prácticamente todo lo que está sonando por ahí, pero que no se parece a nada. Sólo es Diego Azar. Semejante jugada es, aunque el músico no lo diga, una actitud muy corajuda. "Para mi lo que yo hago son lugares comunes, obvios. Disfruto de los lugares comunes, es muy intuitivo eso. No hay tanto trabajo cerebral ahí. A mí me interesa la música antes que nada".
Y es verdad, aunque algunos de sus conceptos dejen pendiente una discusión. Almohadones está lleno de tópicos muy acentados, aunque sus tratamientos desbordan imaginación y libertad, al punto que se convierten en un justo tributo a uno de sus maestros: el señor Walter Venencio (a quien está dedicado el disco, y figura capital de nuestra música popular, aunque muchos lo hayan olvidado). Para comprobar esta idea sólo hay que escuchar. Hay muy buenas referencias: Cumbia mambera, Buenos modales, Miradas indiscretas, El edén. Y otra vez: piezas difíciles de explicar con palabras, pero muy fáciles de entender sólo con la escucha.