JORGE ABBONDANZA
Todo es relativo. Los montevideanos se asustan cuando un repartidor en moto es asesinado por la espalda durante un asalto. Los porteños se alarman cuando un futbolista retirado recibe un balazo en el ojo mientras intenta robarle el auto un delincuente de 15 años, lo cual ocurrió el mismo día en que un comerciante moría de otro disparo porque también pretendían llevarse su auto, uno de los 85 que desaparecen por día en el Gran Buenos Aires. Pero los cariocas ya han subido otros peldaños en la escala de la violencia, no sólo porque actualmente hay una guerra entre el narcotráfico y las fuerzas del orden por el dominio de las favelas, sino por las cifras que se manejan en el número de muertes y en materia de marginación.
Dentro de los cientos de favelas de Rio viven actualmente unos 2.000.000 de personas, mayormente controladas por los tres grandes comandos de la droga, que reclutan no sólo a jóvenes sino también a niños para el reparto del producto y la vigilancia de los circuitos de distribución. Cuando se producen choques entre grupos rivales por imponerse en una zona, se desencadenan las batallas campales que han tenido lugar en las últimas semanas con apoyo de armas de guerra y empinada cantidad de muertos. Se calcula que en Rio de Janeiro mueren unas veinte personas por día bajo el efecto de ese cataclismo, totalizando más de 6.000 al año, lo cual representa la tasa de violencia criminal más alta del mundo.
Si se considera que la curva de esa violencia no es un fenómeno fijo sino creciente, arrastrado por la misma dinámica agresora que mueve a sus ejecutores y por el incontenible desarrollo de las organizaciones delictivas, resulta impredecible calcular lo que será el paisaje de Rio cuando esa capital se prepare a celebrar el Campeonato Mundial y los Juegos Olímpicos que tendrán lugar allí en los próximos años. Por el momento, la ciudad maravillosa es un infierno donde los traficantes andan a la vista del prójimo armados con ametralladoras y donde en algunos barrios la población no se anima a asomarse al balcón.
Pero Latinoamérica no es el único foco del descalabro. En París se instrumentó un programa masivo de alquiler de bicicletas para estimular el uso de transporte barato y no contaminante. Se dispuso inicialmente de 20.600 bicicletas fabricadas en Hungría y se abrieron cientos de locales para su alquiler, que cuesta un euro por día o 29 euros por un abono anual. El plan tuvo éxito por la enorme cantidad de gente que lo utiliza desde su implementación en 2007 (hay entre 50.000 y 150.000 clientes por día según la temporada) pero ha fracasado en el trato que reciben esos birrodados. Por lo menos 8.000 bicicletas han sido robadas y otras 8.000 resultaron tan deterioradas que debieron ser sustituidas por unidades nuevas, lo cual equivale al 80% de la disponibilidad inicial. Las autoridades atribuyen ese vandalismo a la población inmigrante de los suburbios, la misma que sale a quemar automóviles cuando se produce algún conflicto con la policía. Hay que reparar 1.500 bicicletas por día.
La violencia, en sus ascendentes manifestaciones colectivas, ilustra el desquicio de las sociedades de hoy. Acostumbradas a vivir en comunidades habitables y a relacionarse de manera pacífica, esas sociedades toleraron sin embargo el crecimiento de una periferia desposeída que aumentó desde la amenaza hasta el virtual estallido social, y ahora deben atenerse a las consecuencias.