Matías Castro
Hay películas que parecen hechas para acabar con un género. Ese fue el caso de Braindead, de Peter Jackson, que es como el no va más del cine gore (el de sangre y tripas a granel). También fue el caso de Scream y el cine slasher (tipo Martes 13); y de El último gran héroe y el cine de acción. Podría ser el caso de 2012 y el cine catástrofe y de mega-destrucción. Pero hay una diferencia que no es menor: las tres primeras tienen en común el humor y la acumulación de los clichés de cada género elevados a la enésima potencia.
El director alemán Roland Emmerich nunca tuvo sentido del humor en sus películas y a muchas de ellas les dio cierto aire de trascendencia. 2012 fue inundada, literalmente y en más de un sentido, de pretensiones de trascendencia desde los argumentos que se manejan hasta el sitio donde está la salvación de la humanidad y el lugar al que va a parar tras el cataclismo. Pero hay algún pequeño toquecito de humor, especialmente cuando el personaje "conspiranoico" de Woody Harrelson dice "Algo así solo podía empezar en Hollywood". No le falta razón. Emmerich encontró en esta historia de las profecías mayas la mejor excusa de su carrera para mostrar gigantescas escenas de destrucción. Y notoriamente lo disfruta en todos sus detalles. Como en todas sus películas de catástrofe, el comienzo es en algún país remoto, con un científico que descubre pistas de un desastre inminente, luego lleva eso a algún evento de etiqueta con gente poderosa e intenta convencer a alguien del peligro que acecha. Luego vienen muchas escenas dramáticas y de destrucción. Es un esquema de cine catástrofe, que en este caso se lleva al extremo. Aunque como pasó con Scream y las otras mencionadas, seguirán surgiendo películas del género, sin importar si ya se llegó al extremo.
2012
ficha
EE.UU. / Canadá. 2009.Título original: 2012. Director: Roland Emmerich. Guión: Roland Emmerich, Harald Kloser. Fotografía: Dean Semler. Música: Harald Kloser. Elenco: John Cusack, Chiwetel Ejiofor, Thandie Newton, Oliver Platt, Woody Harrelson, Danny Glover.
atención a...
Si bien se dice que Roland Emmerich hace cine clase B pero con presupuestos de clase A (esto es indiscutible en el caso de 10000 A.C.), que escribe diálogos pobres y que se descansa en los efectos especiales, hay que reconocerle una virtud en tiempos en que la industria se desvive por llevar de vuelta el público al cine: filma pensando en que lo suyo se verá en una pantalla de 15 metros de ancho. Y se nota, sus películas, solo por la dimensión de las imágenes, se disfrutan mucho más en un cine que en un televisor.