Francia saca la chequera para motivar a estudiantes

Detractores sostienen que el incentivo económico tan solo funciona a corto plazo

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EL PAÍS DE MADRID

Conducir la voluntad de la gente a través del premio y el castigo es tan antiguo como el hombre, como "la idea amenazadora del infierno, del purgatorio y del limbo, que tenían fuerza disuasoria, no tanto por privarnos del premio de la gloria, sino por evitar el fuego abrasador".

El profesor de la Universidad de Valencia José Gimeno Sacristán se remonta de esta manera para contextualizar el proyecto de tres institutos franceses de FP de premiar con dinero a las clases que cumplan unos objetivos de asistencia, comportamiento y, esto se está estudiando todavía, sus resultados. Es decir, lo de siempre, pero metiendo de por medio el dinero como premio aparte de notas y graduaciones. "El castigo puede ser no recibir el premio", dice Gimeno.

¿Dónde está el límite a la hora de motivar a los jóvenes? Si los padres prometen una moto o una consola -cámbiese por unos championes de marca si los recursos son menores- al final del curso si se aprueba o se sacan sobresaliente, ¿por qué no va hacerlo el sistema con los niños cuyos padres no pueden? Las críticas arreciaron en cuanto se anunció la medida francesa y, mientras sus defensores hablan de explorar todas las posibilidades para luchar contra el alarmante fracaso y abandono escolar que se ceba con los más pobres, otros la rechazan frontalmente por ineficaz más allá de una mejora cosmética -es decir, que ya sólo se estudie si hay incentivo de por medio- y por traicionar valores básicos de la educación.

El caso es que para muchos niños y adolescentes no es suficiente motivación el afán de saber, ni la satisfacción de un boletín de notas que alegre la vida a sus padres, ni la promesa de un -lejanísimo para un joven- futuro mejor gracias a la educación, y los responsables escolares de una zona de las afueras de París, Creteil, decidieron poner en marcha un programa experimental que consiste en premiar a todos los alumnos de tres clases de sendos liceos profesionales -FP- con dinero al final del curso -para hacer un viaje todos juntos o sacarse el carné de conducir, por ejemplo- si cumplen unos objetivos prefijados.

Son chicos a partir de 16 años, es decir, después de la educación obligatoria, de una zona pobre, "muchos de los cuales tendrían que trabajar mientras estudian", dice el rector de los colegios de Creteil, Jean-Michel Blanquer, promotor de la idea. Después del aluvión de críticas, insiste en el carácter experimental del proyecto y, sobre todo, en su complementariedad con otras iniciativas para atacar un problema de ausentismo muy grave, añade Blanquer por teléfono.

La mayoría de los expertos del campo de la educación rechaza frontalmente este tipo de medidas, cuyo nombre técnico es motivación extrínseca. El psicólogo de la Universidad de Rochester -Estados Unidos- Edward L. Deci, dice que la investigación demuestra que son pan para hoy y hambre para mañana, es decir, pueden funcionar a corto plazo pero no a largo, que retirado el estímulo, se acabó la motivación.

"No creo que sea una buena forma de mejorar el aprendizaje. Entiendo que es un intento de encontrar un camino fácil para hacerlo, pero aunque pueda reflejar mejoras inmediatas, a la larga disminuye la motivación y el propio aprendizaje", escribe por correo electrónico Deci, que lleva investigando sobre los premios externos para incentivar el estudio desde los años setenta del siglo pasado.

Pero que no se asusten los padres, ya que dentro de la familia este tipo de recompensas no tienen por qué ser siempre malas, continúa Deci. "Si se hace para presionar, para obligar a hacer algo, las consecuencias son negativas y la motivación se disipará con el tiempo. Pero bajo las circunstancias correctas de apoyo, y si la recompensa se da como expresión de cariño, es muy probable que no sea negativo". Unas circunstancias que difícilmente se pueden poner en marcha si la recompensa viene del colegio en lugar de la familia.

Nada nuevo. En realidad, la idea tiene precedentes. Hace un par de años, la ciudad de Nueva York decidió adaptar los programas de transferencia monetaria condicionada, puestos en marcha en países en desarrollo como Brasil o México, y con los que se da dinero a familias pobres y en riesgo de exclusión a cambio de que sus hijos vayan a la escuela y tengan atención médica básica.

El economista de la Universidad de Harvard, Roland Fryer, fue el encargado de diseñar el programa piloto para las escuelas. A partir de ahí, el Laboratorio de la Educación de Harvard, con Fryer a la cabeza, elaboró varios programas con los que alumnos de varias decenas de colegios e institutos de Nueva York, Washington DC y Chicago reciben dinero por sacar buenas notas, su buen comportamiento o, también, su asistencia. Estas iniciativas también fueron muy criticadas con los mismos argumentos que rechazan el proyecto francés. Fryer, en distintas entrevistas, reclamó que se dé tiempo a los experimentos, que apenas llevan un par de cursos en marcha, para que sean los datos, los resultados a medio y largo plazo, los que hablen. Además, el economista asegura que se trata simplemente de un complemento, de un plus, y niega que con ello se esté destruyendo el verdadero interés por aprender.

En cualquier caso, la idea francesa se diferencia de las estadounidenses, además de en el hecho de que se dirigen a alumnos en edad posobligatoria, en que se trata de un incentivo para toda la clase. Para el profesor de la Universidad de Sevilla, Antonio Bolívar, esto es fundamental. "Es un incentivo colectivo, al grupo, del que además no puede cada uno disponer para lo que quiera. Esto, para mí, la convierte en más aceptable. No tengo objeción contra esta fórmula como ensayo en contextos problemáticos. Sí me opondría a generalizarla en todo el sistema, dado que se tienen que seguir primando incentivos internos y personales. Sólo cuando éstos se agotan o no tienen poder motivador, se pueden ensayar otros".

Detractores. Sin embargo, Gimeno Sacristán no cree que la idea pueda funcionar, ni siquiera por dirigirse al grupo. "¿A qué motivos van a responder quienes han sido desahuciados o se han desahuciado ellos? ¿Les va a mover el mejorar el bienestar del grupo y hacer una excursión? Los ausentistas son individuos a los que la presión del grupo para mejorar su capital les puede importar muy poco".

Además, el experto y detractor del proyecto asegura que se trataría de una especie de traición a los valores escolares: "La educación debe entenderse como un derecho y un deber. Mal debe de andar la educación cuando se acude a estos recursos, en vez de ponerse en el punto de vista del absentista y ver los motivos que tiene para explicarnos su comportamiento y actuar sobre las causas. Creo que la medida parte de supuestos antropológicos y pedagógicos poco defendibles y demuestra tener un mal diagnóstico de la situación y un agotamiento de la política", añade.

Por su parte, el experto del Centro de Investigación e innovación educativa de la OCDE, Francesc Pedró, también plantea serias dudas: "Hay que preguntarse hasta qué punto es bueno que la lógica de los incentivos financieros entre en el mundo escolar. En el fondo hay algo muy triste en todo esto acerca de la concepción que los promotores de esta iniciativa tienen de la naturaleza humana y una velada traición a los valores que inspiran la escuela republicana: ¿Tiene la escuela que comprar a sus alumnos?", se pregunta.

Pero el caso es que hay un problema, que las grandes soluciones óptimas no llegan y que los profesores de los centros de zonas marginales se ven cada día impotentes mientras ven a los niños caminar sin remedio hacia la exclusión educativa, que es casi lo mismo que la exclusión social.

"Todo depende de cómo se cuente la historia y de los nombres que se le pongan a las cosas. Si hablas de becas a alumnos en riesgo de exclusión social (medida puesta en marcha en España para que los alumnos más pobres sigan estudiando en lugar de ponerse a trabajar) parece que es una medida progresista y valiente. Si la cuentas diciendo que se va a pagar a los alumnos por asistir a clase, resulta que nos estamos cargando los valores tradicionales y tal y tal...", dice el asesor educativo del Banco Mundial, Juan Manuel Moreno.

"Lo que hay en nuestros sistemas masivos y supuestamente democráticos de educación es un creciente problema de abandono y fracaso, que por supuesto tiende a afectar más a determinados grupos sociales -empezando por los chicos, por cierto-. Ante ello, todas las medidas centradas en la oferta -que dirían los economistas- no son suficientes para parar la hemorragia y hacen falta otras, como becas e incentivos de todo tipo para crear mejores condiciones que permitan retener más tiempo en la escuela a nuestros jóvenes", añade Moreno.

"A falta de motivaciones intrínsecas, se recurre a incentivos económicos. Se pueden lamentar los valores de la escuela republicana, pero en un momento en que los adolescentes no sacrifican el esfuerzo en el presente por un futuro prometedor, los incentivos deben ser más inmediatos". Pedró, por su parte, admite que puede entender la frustración que conduce a este tipo de medidas, pero no le parecen aceptables; no es lo mismo una beca-salario para el que quiere estudiar pero no puede hacerlo porque tiene que trabajar para aportar dinero a la familia, que atraer hacia el estudio con una zanahoria de billetes, sostiene.

Lo que en cualquier caso tanto unos como otros admiten es que las medidas tienen que ir más allá, sobre todo, atacar las causas ajenas a la escuela que condicionan el fracaso de muchos alumnos. Hace unas semanas, el estudio de exclusión social de Caixa Catalunya volvía a insistir en una idea manoseada a base de repetición: que la educación y el contexto socioeconómico y cultural de los padres pesa más que cualquier otro factor en el éxito escolar -el riesgo de fracaso es 10 veces mayor en hijos de personas con educación básica que en los de universitarios-. Pero quizá lo más interesante del informe era que iba un paso más allá del diagnóstico y reclamaba para solucionarlo medidas ajenas a la escuela, políticas que incidieran familia.

"No hay que olvidar que la desafección escolar, y el corolario del ausentismo o el abandono, son el resultado de múltiples factores y como se ha puesto de manifiesto reiteradamente en el área metropolitana de París, ninguna intervención educativa tendrá éxito si no se actúa al mismo tiempo sobre el entorno social y económico y las consiguientes oportunidades para los jóvenes. Quizás sería más positivo, con un volumen parecido de gasto, un esfuerzo de evaluación y seguimiento individual de los alumnos y la consiguiente propuesta educativa personalizada".

La guerra del presidente Sarkozy al ausentismo

El ausentismo en las escuelas secundarias de Francia asciende al 5% de media, pero en uno de cada diez establecimientos técnicos alcanza a un tercio del alumnado. Ante este panorama, el gobierno de derecha de Nicolas Sarkozy autorizó una experiencia que empezó en tres escuelas secundarias: se pagarán hasta 14.700 dólares al final del ciclo lectivo a la clase que haya tenido el menor nivel de ausentismo.

"El gobierno decidió lanzar la guerra contra el ausentismo y la deserción escolar", afirmó el ministro de Educación, Luc Chatel, días antes del inicio de la experiencia, que comenzó el lunes en tres escuelas de Creteil, ciudad del sureste de París de 90.000 habitantes.

Los impulsores de la experiencia, que tendrá en cuenta no sólo la presencia en clase, sino también los resultados escolares y la disciplina, afirman que el objetivo es fomentar "un proyecto colectivo" porque para que funcione "tiene que haber solidaridad de grupo".

Unos 150 alumnos de tres escuelas secundarias participan en esta prueba piloto. Cada curso tendrá una "cagnotte" (incentivo) inicial de US$ 2.970, que podrá aumentar a medida que avanza el año lectivo y que el curso cumple en términos de asistencia y disciplina.

Al final del año, aquellos cursos más ambiciosos recibirán 14.700 dólares. Pero ojo, no se trata de que los alumnos reciban cada uno su parte en dinero contante y sonante, sino que con ese monto, se financiará un proyecto colectivo, léase viaje escolar, creación de una empresa o asociación, compra de material informático, deportivo o cultural. Y si la iniciativa prospera, para el período 2010-2011 se extenderá a 70 cursos con un presupuesto total de US$ 830.000.

La ministra francesa de Educación Superior, Valerie Pecresse, expresó sus "reservas" y se preguntó si "¿hay que pagarle a un niño o a un adolescente para que haga lo que debe hacer?".

René Silvestre, fundador de la revista L`etudiant afirmaba esta semana por televisión que la sociedad ya está pagando "11.900 dólares por cada alumno".

"En momentos en que debemos incentivar las ganas de aprender esta medida nos parece peligrosa", afirmó el opositor Partido Socialista francés.

El ausentismo no es un fenómeno francés o europeo. En Argentina, por ejemplo, donde el gobierno declaró la obligatoriedad de la escuela secundaria, el ausentismo y la deserción escolar son un problema. "Quizá sea una decisión angustiante de una sociedad que les dice `no te vayas` de la escuela", opinó el ministro argentino de Educación, Alberto Sileoni, interrogado sobre la "cagnotte". "Es el culto al dinero", reaccionó el ministro cubano de Cultura, Abel Prieto. En el mundo, "hay una gravísima crisis moral en el sentido de fomentar una competitividad y un egoísmo más allá de toda medida", sostuvo.

El sociólogo francés Dominique Glasman se interrogó sobre los riesgos que esta medida puede introducir en la relación entre los alumnos del mismo curso porque "si algunos de ellos no `juegan el juego`, las consecuencias las pagará toda la clase". AFP

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