ALEJANDRO NOGUEIRA
Si Jorge Batlle sintió que Julio María Sanguinetti le arrancaba un brazo cuando puso su dedo para que Enrique Tarigo fuera el candidato colorado en las nacionales de 1999, José Mujica debe haber sentido que Tabaré Vázquez le arranco el brazo, una pierna y dos molares. El abrazo que Vázquez luce renuente a dar y Mujica a pedir -bajo el peregrino influjo de algunos estrategiólogos frentistas de que eso va a captar votos indecisos para el Frente Amplio en octubre-, no parece probable después de los dichos recientes del mandatario. Vázquez se parapetó tras la Constitución para evitar una reunión y un tinglado en torno a ese encuentro y evitar así que alguien diga que interviene en la puja electoral, como dicen los que lo critican por los actos de Villa Soriano y Zapicán, entre otros.
El presidente le dio a Mujica un moquete de derecha a izquierda cuando señaló las "estupideces" que supo decir en Pepe Coloquios y otro de revés ahora, cuando protege su imagen pública para el largo plazo en vez de arriesgarla en una lucha electoral de incierto desenlace y en un eventual segundo gobierno del FA que hoy luce cargado de zozobras con Mujica al timón.
Los propiciadores del abrazo -con la obnubilación propia de estos desasosegados días de planillas con porcentajes de votos y lápices afilados con la gillette del optimismo-, piensan que el abrazo iluminará a los distraídos acerca de la continuidad del gobierno de Vázquez en los brazos (enteros) de Mujica. Creen que algo de la inusitadamente alta popularidad y aprobación de Vázquez se derramará sobre el candidato como un agua bendecida de prudencia socialdemócrata.
Empero, se trata de un abrazo bastante forzado y también lleno de riesgos que sus promotores se resisten a mirar de frente. Puede evocar las imágenes de la conformación de la actual fórmula del FA y el esfuerzo de brazos de Jorge Brovetto a los patibularios candidatos tres las internas para un abrazo poco convincente e inolvidable. Puede evocar también, más que la continuidad de políticas, las diferencias de enfoque, estilo y presencia entre mandatario y el candidato. Recordar que Vázquez gobernó desde la distancia, la negociación y los equilibrios de la compleja interna de la coalición, dirimiendo con mando en el remate, y disparar en cambio todo tipo de fantasías acerca del manejo que Mujica hará de la segura mayoría de los sectores que le apoyarán dentro la coalición poselectoral, y de ese estilo (dixit Mario Benedetti) "bruto-expansivo" que lo singulariza.
Ese abrazo, si finalmente se concreta, será pasible de tantas lecturas, que no hay forma en que se torne una apoteosis frentista, un gran "acto final" de un conglomerado, que se ha caracterizado en su historia por las manifestaciones multitudinarias y coloridas, fraternas pese a todo en el festejo, de candidatos comunes y sobrevolantes a los sectores. Despertará sensaciones muy lejanas al simbolismo de un apretón de cuerpos sincero y cálido entre dos líderes que visiblemente no se quieren ni confían en el otro y que tienen concepciones muy diferentes acerca de cómo gobernar y de lo que es sensato y lo que es estúpido, de lo que es posible y de lo que es voluntarista. Y que tienen, cada uno, sus propios planes de futuro.