Apurados

CARLOS ALBERTO MONTANER

Barack Obama es el cuarto presidente norteamericano en recibir el Premio Nobel de la Paz y el vigésimo norteamericano al que le han otorgado el galardón. Tal vez los suecos y noruegos han cometido un error. Veremos por qué.

Antes que Obama, pasaron por Estocolmo los mandatarios Teddy Roosevelt (1906), Woodrow Wilson (1919) y Jimmy Carter (1992). A Roosevelt, quien creía que la guerra era una actividad de nobles caballeros, lo distinguieron por su mediación en el acuerdo que puso fin a la contienda ruso-japonesa. A Wilson por su apoyo al Tratado de Versalles con el que se selló el fin de la Primera guerra mundial (y se crearon las condiciones para la Segunda). A Carter, quisieron reconocerle los aportes del Centro que lleva su nombre a la solución de conflictos.

¿Por qué le han dado el Premio Nobel a Obama? En realidad, no lo han honrado por sus hechos -todavía muy limitados-, sino por sus intenciones y por ciertos síntomas que indican cuál es su visión del rol de Estado Unidos en la esfera internacional, algo que, por lo visto, concuerda con los objetivos del jurado. Ahí se inscriben sus mensajes de apaciguamiento a los árabes; su tibio apoyo a Israel; su decisión de acelerar la retirada de Irak, y el resto de las señales que indican que estamos en presencia de un presidente pragmático convencido de que fue elegido para reducir el peso de su país en los asuntos internacionales.

En realidad, Obama responde a una de las dos tendencias que desde fines del siglo XVIII discuten cual es la misión de Estados Unidos en la historia: los pragmáticos y los idealistas. Washington tal vez fue el primero de los pragmáticos. Sostuvo una visión aislacionista que predicaba el alejamiento de los conflictos internacionales. La Ley de Neutralidad norteamericana (una traición a los viejos aliados franceses) fue promulgada en 1794, durante su presidencia. Franklin D. Roosevelt, en 1935, cuando ya se escuchaban los tambores de la conflagración que se avecinaba, proclamó de nuevo la neutralidad norteamericana, lo que no salvó al país de Pearl Harbor.

Los idealistas, en cambio, sostienen el criterio de que Estados Unidos, por su peso y su condición de bastión de la libertad, tiene la obligación de llevar a cabo la misión civilizadora de defender esos valores. Si en el siglo XX Richard Nixon y Obama son los santos patrones del pragmatismo, tal vez Teddy Roosevelt y George W. Bush (hijo) lo sean del idealismo.

La discusión de estas dos posiciones acaso sea inútil. La realidad impide que quien ocupe la Casa Blanca pueda evadirse de responsabilidades desagradables. F. D. Roosevelt, pese a su instinto, acabó sus días presidiendo el mayor esfuerzo bélico de la historia. George Bush (padre), que estaba más cerca del pragmatismo, tuvo que invadir Panamá y hacerle frente a la guerra del Golfo.

Ocurre siempre. Obama, seguramente muy a su pesar, tampoco podrá escurrirle el bulto a los peligros de un Irán dotado de armas atómicas. Y no podrá dejar desamparado a Israel porque ese abandono tal vez traiga el incendio de toda la región. Cuando Obama se vea obligado a recurrir a la fuerza o a las amenazas, el Comité del Nobel se preguntará si hizo bien. Entonces descubrirá que fue un error precipitarse: se premian los hechos, no las intenciones.

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