Aunque sea áspera y fea

DIEGO FISCHER

Este lugar está encantado", cuentan que suelen decir visitantes de todas partes del Uruguay y de fuera de fronteras cuando traspasan el umbral de la antigua construcción.

Como las edificaciones típicas del último tramo del siglo XIX, ésta tiene un zaguán al que dan dos puertas que, una vez abiertas, lo transportan a uno a lo que leyó en la infancia sobre esa casa y sus habitantes. Allí se conservan restaurados y en perfecto estado los pocos muebles que se pudieron rescatar y que pertenecieron a esa mujer que siendo muy niña y desde su remoto pago natal, soñaba con conquistar el mundo con sus versos. Se sabe, lo logró; pero también tuvo que pagar un precio demasiado alto por tanta gloria.

Dicen que en el cuarto en el que dormía, de tanto en tanto, aparece en un rincón una rebelde mancha de humedad. Comentan que es la misma que fue la protagonista de uno de sus cuentos más famosos. Pero lo más emocionante es caminar por el jardín, donde una gigantesca higuera se abraza con un parral formando una gran sombrilla verde que se mece con la brisa de la tarde. Ambos árboles siguen dando los mismos frutos, amargos uno, y dulzones el otro, que hace un siglo y medio. Debajo de ellos un aljibe todavía ofrece agua a quien quiera aplacar su sed. A su lado una planta de orquídeas de tanto en tanto florece. Dicen que es un silencioso homenaje a Feliciana, la nodriza negra que además de amamantar a la niña de ambiciosos sueños, cuidaba de la casa y del jardín. Unos metros más atrás un rosal madruga en agosto dando rosas muy rojas y se aferra y trepa por la añeja pared de la cocina. Tal vez fueron esas rosas las que inspiraron el poema El Dulce Milagro que formó parte de su primer libro y su primer éxito literario. Más atrás , jazmines del país y del cabo y más plantas que se extienden en un terreno que supo ser mucho más extenso, pero que igualmente sigue teniendo una magia particular.

No hay lujos materiales de ninguna clase allí. ¿Qué sentido tendría que los hubiera?

Porque el verdadero tesoro que dejó la moradora de esa casa fue la palabra hecha verso. ¿Puede existir un legado mayor? Sí, por supuesto, hablo de Juana de Ibarbourou y de su casa natal en Melo que esta semana visité. Un paseo muy recomendable para este Día del Patrimonio; aunque quede en Cerro Largo.

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