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Los Tupamaros NUNCA lucharon contra la dictadura en nuestro país. Y el NUNCA está con mayúscula para que no queden dudas ni pase desapercibido. No era nuestra intención volver sobre acontecimientos que ocurrieron hace 40 años. Pensamos que el pasado es pasado y lo que interesa y debe preocupar es el futuro, sobre todo cuando Uruguay elige su gobierno para los próximos cinco años. Pero también pensamos que el futuro no se puede construir sobre la base de la mentira. Hace pocos días, en el programa de Canal 12 "Código País", volvió la gran mentira: el candidato José Mujica dijo que los tupamaros surgieron para enfrentar un inminente golpe de Estado, una dictadura. Falso, rematadamente falso.
En 1962 aparece el Coordinador, un grupo que reunió a varias organizaciones de izquierda que, influidos por el ejemplo de la Revolución Cubana, estaban convencidos que era la hora de emplear la violencia en la política para alcanzar el poder. El mismo año en que se realizaban elecciones en el Uruguay que consagraban el triunfo del segundo gobierno blanco del siglo pasado y marcaban que el 91% de los votantes confiaban en los partidos tradicionales: 46,5% para el Partido Nacional, 44,5% el Partido Colorado. El Coordinador es la génesis del MLN, que un año después (1° de agosto de 1963) daban su primer golpe con el robo de armas en el Tiro Suizo. ¿Contra qué dictadura peleaba el candidato José Mujica?
Lo que se pregonaba era simplemente "la lucha armada como la única vía para la liberación nacional y la revolución socialista" (documentos del MLN). O como reconoció Aníbal de Lucía (ingresado a la organización en 1966) en carta abierta al mismo Mujica: "el MLN nunca tuvo una organización de autodefensa, jamás (…) Llevamos adelante la lucha armada para construir el socialismo aquí y en América Latina". O como afirmó otra notoria tupamara como Yessie Macchi; "¿Los objetivos? Nosotros simplemente íbamos avanzando hacia la toma del poder (…). Nuestra estrategia siempre fue el ataque al estado". En resumen fue la soberbia del mesianismo de un foco de "iluminados", constituidos en banda armada, que pretendieron mediante la violencia ocupar el poder para implantar un régimen socialista similar al cubano.
Cuando irrumpió la dictadura en el Uruguay (1973) hacía un año que los tupamaros habían sido derrotados. No "luchaban". Todos los asesinatos, robos, secuestro y extorsiones llevados a cabo por el MLN fueron en época de gobiernos legítimamente constituidos, emanados de pronunciamientos populares como ha sido tradicionalmente el estilo uruguayo. Contra la dictadura, no dispararon ni un tiro y mucho menos cometieron algunas de las acciones que desarrollaron en la década del terror, amparados por la liberalidad de un régimen democrático que combatieron.
La vinculación de los tupamaros con la dictadura es otra, mucho más grave. Con la policía desbordada y la justicia atemorizada -jueces y fiscales habían sido secuestrados- el país se vio en la extrema coyuntura de tener que apelar al Estado de Guerra Interno para combatir a la cada día más arrogante subversión. Y ello implicó sacar a los militares de sus cuarteles, y lanzarlos a la calle en busca de restablecer el orden y la seguridad. Lucharon con éxito y en menos de un año desapareció el terrorismo del país; los principales dirigentes y parte de la raleada "tropa" terrorista estaban presos y otros habían huido al exterior.
El problema surgió cuando se pretendió que el Ejército regresara a sus cuarteles. Allí surgieron las ambiciones personales y el mismo mesianismo derrotado, con otro signo político. El 9 de febrero de 1973 tuvo lugar el desacato militar ante la designación del Gral. Francese en el Ministerio de Defensa y el acuartelamiento de tropas; la Armada que respalda al gobierno y bloquea el puerto y la Ciudad Vieja dispuesta a hacer respetar la Constitución; el Pacto de Boiso Lanza donde el presidente Bordaberry cede a las presiones de los uniformados y acepta la doctrina de la seguridad nacional: las Fuerzas Armadas quedaban incorporadas al gobierno. Y llegamos al 27 de junio: la disolución de las Cámaras y el advenimiento definitivo de la dictadura que había comenzado a gestarse en aquel Febrero Amargo.
En su lucha contra los tupamaros, las Fuerzas Armadas terminaron con el reinado de una década de terror, de asesinatos, de secuestros, extorsiones, robos, atentados, bombas, tatuceras, berretines y miedo. Pero el precio fue tremendamente caro: se hizo girones los derechos humanos de los ciudadanos y las libertades fueron pisoteadas y arrolladas.
Si Mujica dice estar arrepentido de su pasado, lo aceptamos. Pero el arrepentimiento, el acto de contrición, no se basa en la mentira sino que tiene su sustento en la verdad. Cuando dice lo que dice, no es sincero, ni leal, ni respeta la memoria -siquiera- de sus compañeros muertos.
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