ALEXANDER LALUZ
Solo con el piano. Así estará esta noche Brad Mehldau en el teatro Solís. Y esta despojada escena será suficiente para que el pianista de West Hartfod, Connecticut, descargue su torrencial y siempre ovacionada musicalidad.
Este concierto está, indudablemente, en la lista de los más esperados en la temporada 2009 del Jazz Tour. Pero la cita no sólo es para los consecuentes jazzófilos del medio, o para los amantes del virtuosismo pianístico. Los recientes conciertos que dio en Argentina y Chile, lo comprueban. Y no sólo por las entusiastas reacciones de la crítica. El público fue allí el soberano y quien no lo dejó salir del escenario y lo llevó, como en su concierto en Santiago de Chile, a realizar ocho bises.
Es entendible, la música de Mehldau tiene una infrecuente combinación de visceralidad y racionalismo, desde donde sobrepasa los límites que establecen las banderas y academias del género o las recetas de fusión, para hacer simplemente música. Y de la buena. Quien haya escuchado Elegiac cycle (1999), Live in Tokio (2004), dos discos a piano solo, o el relativamente reciente Live at the Vanguard (2006), con su trío, entenderá el porqué. Si no es así, siempre se está a tiempo para rastrear los múltiples videos que hay en Internet, o repasar algunas películas (El hotel del millón de dólares de Wenders, Jinetes del espacio de Eastwood, Ojos bien cerrados de Kubrick) que lo tienen en sus bandas sonoras.
El repertorio que Mehldau interpretará en el Solís quizás no tenga mayores variantes a lo escuchado en el resto de la gira. Junto a sus propias composiciones se podrán disfrutar singulares revisiones de canciones de The Beatles, Radiohead o algunos standars jazzísticos. Pero por sobre la heterogeneidad de este cuerpo de músicas, su original manejo de los recursos texturales y tímbricos del piano y la vehemencia interpretativa de neto cuño romántico, harán de la unidad (no la uniformidad) el factor dominante. Cualidad que lo ha convertido en uno de los pianistas más importantes de la generación del 70 en la escena del jazz .
PRODIGIO. La historia de Mehldau (1970) tiene muchos de esos signos que lo califican para la categoría de niño prodigio. Una muy temprana iniciación en la música hizo que a los seis años sus manos ya se movieran con soltura en el piano. Pero como en tantísimos casos, esta primera formación llevó la marca de la música culta, donde la improvisación no estaba contemplada. Él mismo ha recordado que hasta los 11 o 12 años, su escucha sólo tenía como referentes a los compositores del clasicismo y del romanticismo. Y que, sin renegar de estas raíces, Brahms sea hasta hoy uno de sus músicos de cabecera y "lo que considero más cercano a mi corazón", como confesó en un reportaje de All about jazz.
Fue recién en los albores de la adolescencia que el jazz se instaló en su mapa musical. Primero fue con un disco de Oscar Peterson y Joe Pass, que le regaló un amigo de su padre. Aquella música se abrió como una nueva forma de enfrentar el instrumento que lo acompañaba desde la infancia, en Connecticut. Fue una revelación y el inicio de una fascinación que alcanzó su punto culminante con el álbum triple Bremen and Lausanne de Keith Jarret, que llegó a sus manos como regalo de un amigo en el día de su cumpleaños.
Alguien podría decir, y con razón, que el encuentro con Jarret tuvo las consecuencias previsibles para una adolescente buscando una voz musical propia. El pianismo culto, y particularmente el heredado del romanticismo, se podía amalgamar sin conflictos con el (o los) concepto(s) de improvisación jazzísticas. Por lo tanto, había que bucear más en ese otro mundo que, sin sacrificar la integridad discursiva, se permitía una libertad diferente en la interpretación.
Así, el joven Mehldau comenzó a seguir las recomendaciones de sus amigos, a comprar discos y a conocer a las leyendas del bebop. Y Brahms, que antes era el eje central de su mapa musical, compartió ese lugar de privilegio con Charlie "Bird" Parker, Thelonious Monk, John Coltrane (un hallazgo que llegó de la mano del disco Blue train), el gran Bud Powell. Después, ya iniciado en este mundo, le llegarán, incluso de primera mano, las músicas de Lennie Tristano, McCoy Tyner, Herbie Hancok, Wynton Kelly, Bill Evans.
Hacia fines de los `80, inicia otra etapa definitiva en su vida. Con la guía de algunos gurues del jazz neoyorquino (Kenny Werner, Fred Hersch, Junior Mance) comenzó estudios musicales a nivel universitario. Y pronto su carrera despegó como una de las más interesantes y originales de la escena más joven del jazz estadounidense. Las publicaciones especializadas pronto lo ficharon como un joven genio o un heredero de Evans o Tristano.
En 1995 llegará el disco Introducing Brad Mehldau, y a partir de ahí, casi con un disco por año, la construcción de una frondosa discografía que al día de hoy supera los 60 títulos, tanto en su faceta de solista, como en formato trío o en colaboraciones con otros músicos (Pat Metheny, Renée Fleming, Darek Oleszkiewicz, entre otros). En estos trabajos su sonido es inconfundible por la singular forma de lograr una virtuosa independencia entre sus manos, con lo cual logra tejer intrincados contrapuntos. Este estilo, lejos de resultar árido o excesivamente complejo, impacta por el carácter y la inmediata comunicación que logran, y lo diferente que resulta de los habituales ejercicios de pirotecnia interpretativa o del vano despliegue de las ya desgastadas fórmulas jazzísticas.
Otra forma de pensar y hacer música
Tanto en las escuelas de arte como en las distintos ámbitos de práctica musical, la asociación entre pensamiento crítico y la praxis no es un signo frecuente. Mehldau, sin constituirse en un teórico o crítico de primer orden, logra, sin embargo, una positiva fusión de ambos mundos.
Sobre su propia obra, el músico no oculta su discrepancia con el parentesco con Bill Evans que muchos le reconocen. "Respecto a Bill Evans, claro que lo he estudiado a fondo, pero tampoco creo que prevalezca sobre los demás", ha dicho en entrevistas recientes. Y de ese "demás", reconoce que los músicos de otros instrumentos ocupan un lugar muy importante, especialmente Miles Davis.
A partir de ese pensamiento, no es raro esperar que su mayor preocupación sea buscar un lenguaje personal e instransferible. Las influencias existen, indudablemente, pero es la creación de nuevos caminos lo que las filtra y las transforma. Escuchar sus discos sólo con piano, como "Elegiac Cycle" (1999) o el increíble "Live in Tokio" (2004), revelan esa sigularidad. Por un lado, en la integración de composiciones propias y ajenas (incluso tomadas del mundo del pop o del rock). Por otro, en la inteligente concepción de las ideas musicales que dan vida a formas muy originales, intensas, donde lo repetitivo y la variación no se oponen, sino que fluyen en un dinámico discurso.
Por tres
Una de las marcas que más identifican la carrera jazzística de Brad Mehldau es su trabajo en formato trío. Junto al bajista Larry Grenadier y el baterista Jorge Rossy, hasta 2005, año en que es sustituido por Jeff Ballard, ha realizado numerosas giras y conciertos puntuales, además de dejar varios discos memorables como el ciclo "The art of the trio", en los 90, o los recientes "House on hill", "Live" o "Live at the Vanguard".
Piano virtuoso para la música de otras figuras del jazz
Son más de sesenta grabaciones las que conforman el catálogo de Mehldau. Allí no sólo se destacan los trabajos solistas o con trío, sino también sus colaboraciones con artistas de prestigio. Con el guitarrista Pat Metheny ha compartido varios proyectos que se convirtieron en disco, como "Metheny/Mehldau Quartet" de 2007 o "Metheny/Mehldau" de 2006. La lista crece con la notable soprano Renée Fleming o Joel Frahm. También ha integrado las bandas de apoyo a otras notorias figuras, tanto en grabaciones como en actuaciones en vivo. Tal es el caso del gran guitarrista John Scofield, con quien grabó "Works for me", en 2000. Wayne Shorter también contó con su piano para grabar "Alegría", que se editó en 2003, y Kurt Rosenwinkel para "Deep Song" (2005).