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ALEXANDER LALUZ
Ceuta, en los años setenta. En un medio turbulento, de frontera, Carmen vive al día. No tiene otra alternativa. Hasta su muerte parece marcada por el destino, por la pasión. "La maté porque era mía", dice Don José, su matador.
Esta mujer de la frontera ceutí, al norte de África, puede ser cualquier otra Carmen. Un nombre más que se agrega a la luctuosa lista de víctimas de la violencia de género.
Su historia, sin embargo, no viene de la crónica policial sino de la historia de la lírica. Ella es el temperamental personaje central de la ópera Carmen, que el francés Georges Bizet compuso en 1875, a partir de la novela homónima de Prosper Mérimée. Y la voz que le dio vida hace poco más de un mes en España, es la mezzo Adriana Mastrángelo, otro de los nombres de la lírica uruguaya de prestigio internacional, y que recientemente participó en el film Tetro de Francis Ford Coppola.
Quien propuso esta original relectura fue el prestigioso realizador español Calixto Bieito. Una puesta que sorprendió al público y la crítica en sólo dos funciones, el 24 y 26 de julio pasados, durante el Festival de Verano realizado en el Teatro Auditorio de San Lorenzo del Escorial.
Para Mastrángelo, asumir esta rol de Carmen no fue un mérito más para agregar a su currículum. Y no sólo por ser uno de los más codiciados en el mundo de la lírica. También por el riesgo de la propuesta de Bieito, que carga con un contenido que va más allá de los valores estéticos de la obra.
"Esta fue mi primer Carmen -contó la cantante a El País-, un rol en el que me sentí muy cómoda por su vocalidad y exigencia dramática. Fue un gran desafío debutarla en España. Y una suerte para mí que la visión de Calixto no siguiera la tradición de las castañuelas y la bata de cola".
Aquí, Carmen se descubre en Ceuta, un territorio español en el continente africano. "El realizador y su equipo fueron a un mundo de frontera, de límite. Los contrabandistas pasan telas, microondas, hasta heladeras en viejos Mercedes Benz por la frontera con Marruecos". Y esta mujer se convierte allí en una luchadora, "que hace lo necesario para llegar al próximo día, no es una prostituta pero puede transar si lo necesita, sin remordimientos".
El otro rol clave de la historia, Don José, "es un hombre violento incluso desde antes de encontrarse con Carmen. Ella no busca su muerte". ¿Como los personajes de la crónica roja? "Sí, ese crimen es otro hito más en la violencia de género, igual a los casos que yo veía en el noticiero todos los días en la televisión española al volver de los ensayos. Realmente fue un trabajo duro para el tenor Jorge de León -quien también debutó en este título de Bizet- ponerse en la piel de un maltratador, un violento".
Además de un desafío, Carmen fue también un personaje disfrutable, con otros aires, para nuestra compatriota. "Me gustó mucho interpretar a esa mujer libre, sexual, desafiante y divertida. Entiendo su soledad y su independencia. Sin embargo este rol inmenso que ha seducido a grandes cantantes tiene tantas posibilidades, tantos matices que no creo que haya una versión definitiva". Ese es el secreto, la magia, que vuelve "eternas a las grandes obras: que su inmensidad invita a recrearlas con distintas visiones".
Bieito recuperó esa pulsión vital tan intensa como primaria y profunda para conmover con una mujer diferente. "Él tiene un gran manejo de la energía en la escena. A mí me guió con respeto y gran exigencia hasta llevarme un poco más allá de lo que había experimentado antes, la voz completamente instalada en el centro del cuerpo y estar abierta a dejar pasar emociones fuertes, sin barreras, de manera animal".
Carmen no es sólo una mujer española. Tampoco es el nombre de una ópera más. George Bizet encarnó en ella, a partir de la novela de Mérimée, ese embrujo exótico que tenía lo español para la Europa del siglo XIX.
Para el género operístico, el título se convirtió, a partir del siglo XX, en un hito. Toda mezzo en busca de consagración ha codiciado la ópera y muy especialmente a esta apasionada mujer. También -y previsiblemente- ha sido una piedra en el zapato para más de una cantante poco avezada, con más ambición de estrellato que interés artístico.
Adriana Mastrángelo, en cambio, posee varias virtudes que la vuelven una intérprete ideal para el personaje. En sus performances, tanto en puestas operísticas como en conciertos, se destaca por la vehemencia y la versatilidad, que articula muy bien con su voz rica en matices y muy exacta en afinación. Como valor agregado, hace gala de un pensamiento crítico inteligente sobre su profesión y sobre el arte. Cualidad no muy frecuente, y que seguramente pesó en el realizador Calixto Bieito a la hora de seleccionarla para su puesta en escena.
La crítica y el público reconoció el valor de esta arriesgada realización. Pero siempre hay lugar para las excepciones, aunque sea para confirmar la regla. "El público nos recibió muy bien -explicó Mastrángelo a El País- salvo un hombre que se indignó y nos gritó desde la platea porque aparecía la bandera franquista de España, la del águila, que se usaba para limpiar un coche. Mientras él nos gritaba `¡guarros!`, el resto del público nos aplaudía a rabiar". Pese a lo previsible de la reacción, el cuestionamiento queda abierto. "A mí me parece extraño que un desnudo o el uso polémico de un símbolo todavía resulte más provocador que un asesinato".
Además de nuestra compatriota y Bieito, el reconocimiento fue para el resto del elenco, encabezado por el tenor Jorge de León, los talentosos Coro y Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid, cuyos integrantes tienen un promedio de edad que oscila entre los 15 y 26 años.
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