THE NEW YORK TIMES
Ted Kennedy, hijo de una de las familias más celebradas en la política estadounidense, hombre que conoció el triunfo y la tragedia casi en partes iguales y quien será recordado como uno de los más efectivos del Senado, murió a los 77 años.
El Senador Edward M. Kennedy de Massachusetts era el último hermano sobreviviente de una generación de Kennedys que dominó la política estadounidense en los años 60 y que llegó a encarnar el glamour, idealismo político y la muerte anticipada. La mística Kennedy -algunos lo llaman el mito Kennedy- ha capturado la imaginación del mundo por décadas y llegó a descansar sobre los hombros, a veces demasiado estrechos, del hermano conocido como Teddy.
Kennedy, quien sirvió durante 46 años como el demócrata más conocido en el Senado estadounidense, por más tiempo que todos los demás senadores con la excepción de dos, fue el único de dichos hermanos que murió después de alcanzar la edad madura. Dos de ellos, el Presidente John F. Kennedy y el Senador Robert F. Kennedy, fueron segados por las balas de asesinos cuando rondaban los 40 años. El hermano mayor, Joseph P. Kennedy Jr., murió a los 29 años, mientras participaba en una riesgosa misión de la II Guerra Mundial.
Kennedy estuvo cerca o en el centro de buena parte de la historia estadounidense en la última parte del siglo XX y los primeros años del XXI. Durante buena parte de su vida adulta, pasó de la victoria a la catástrofe, ganando cada elección para el Senado en la que participó pero fracasando en su único intento en pos de la presidencia; pasó por las repentinas muertes de sus hermanos y tres de sus sobrinos; soportando la responsabilidad por el ahogamiento de una joven mujer, Mary Jo Kopechne, ex subalterna de su hermano Robert, en la Isla Chappaquiddick. El mismo Kennedy casi resultó muerto en 1964, en un accidente de aviación, que le dejó problemas en la espalda y el cuello.
Fue una figura rabelesiana en el Senado y en la vida, reconocible de manera instantánea por su mechón de cabello blanco, su rostro grande y rojizo, sus resonantes zapatos de piel, su paso potente, aunque dificultoso. Era una celebridad, a veces una parodia de sí mismo, un cálido amigo, un adversario implacable, un hombre de enorme fe y enormes defectos, un personaje melancólico que perseveraba, bebía copiosamente y cantaba de manera estridente. Era un Kennedy.
Nacido en una de las familias más acaudaladas de Estados Unidos, Kennedy habló por los oprimidos en su vida pública al tiempo que llevó la imprudente vida privada de un playboy y un libertino durante muchos de sus años. Descartado en las primeras etapas de su carrera como un peso ligero y un sucesor indigno de sus reverenciados hermanos, ganó estatura con el paso del tiempo mediante la sola longevidad y ciñéndose a los principios liberales al tiempo que frecuentemente cruzaba el cisma partidista para promulgar legislaciones. Pese a que fue un hombre de apetitos descontrolados a veces, trajo consigo una disciplina a su trabajo público que resultó en un impresionante catálogo de logros legislativos a lo largo de una amplia gama de políticas sociales.
Kennedy dejó su huella en legislación concerniente a los derechos humanos, cuidado de salud, educación, derechos del voto y el área laboral. Al momento de su muerte servía como el presidente del Comité del Senado de Salud, Educación, Trabajo y Pensiones. Sin embargo, fue más que un legislador. Era una leyenda viviente cuya presencia garantizaba una nutrida concurrencia y cuya figura persiguió tenazmente a muchos presidentes.
Kennedy luchó durante buena parte de su vida con su peso corporal, con el alcohol y con persistentes historias de mujeriego. Su vida personal se estabilizó en 1992 tras contraer matrimonio con Victoria Ann Reggie, abogada de Washington. Su primer matrimonio, con Joan Bennet Kennedy, terminó en divorcio en 1982.
Nacido el 22 de febrero de 1932 en Brookline, Massachusetts, Edward Moore creció en una familia de taimados políticos. Tanto su padre, Joseph P. Kennedy, como su madre, antes conocida como Rose Fitzgerald, venían de prominentes familias irlandesas católicas con una larga participación en la tumultuosa política demócrata de Boston y Massachusetts. Su padre, quien hizo una fortuna en el campo de los bienes raíces, el cine y la banca, sirvió durante la administración del Presidente Franklin D. Roosevelt, como su primer presidente de la Comisión de Valores y Cambio y embajador en Gran Bretaña.
"Si su padre, Joe, hubiera examinado a todos sus hijos, desde una temprana edad hasta el momento de su propia muerte y le hubieran pedido que los calificara con base en sus talentos, efectividad, probabilidades de tener impacto sobre el mundo, Ted habría quedado en un pobre cuarto lugar", dijo Norman J. Ornstein, politólogo del Instituto de la Empresa Estadounidense. "No fue una brillante estrella que ardió intensamente y terminó desvaneciéndose. Tenía un brillo largo y constante. Cuando examinamos el impacto de los Kennedy sobre la vida, la política y la estrategia, él terminará siendo el más significativo, y por mucho".
Chappaquiddick: el fin de la presidencia
Ted Kennedy nunca pudo lograr lo que muchos estimaban era su destino: la presidencia de los EE.UU. Perdió la nominación demócrata ante el entonces presidente Jimmy Carter en 1980, marcado por una serie de escándalos. La aspiración presidencial del "león" demócrata Ted Kennedy se desmoronó hace 40 años con el controvertido incidente de Chappaquiddick, en el que murió ahogada una joven.
Aquella noche de verano del 18 de julio de 1969, Ted Kennedy había ido a una fiesta en la isla, a la que asistieron varias chicas que habían trabajado para la campaña presidencial de su hermano Robert, asesinado el año anterior. Poco antes de la medianoche, Kennedy se fue en auto y una de las chicas, Mary Jo Kopechne, de 21 años, se marchó con él.
Al pasar por un puente, el automóvil volcó y quedó sumergido en el agua. Kennedy, que tenía 38 años, pudo escapar ileso pero la joven murió ahogada. Ted Kennedy afirma haber intentado salvarla, pero esperó hasta la mañana siguiente, para informar a la policía acerca de la tragedia.
La justicia lo condenó a dos meses de libertad condicional por abandonar la escena del accidente, pero su aspiración política nacional quedó arruinada para siempre. Ted hizo una semana después una declaración en la que calificó de "indefendible" no haber avisado a la policía. AFP