ALEJANDRO NOGUEIRA
Cuando se me antoje, cuando me convenga", dijo José Mujica con su natural gracejo a propósito de un posible debate con su principal contendor Luis Alberto Lacalle. Es que el candidato del Frente pareció dar el pasado domingo una señal de que finalmente estaba dispuesto a debatir con Lacalle en esas salidas al boleo que nadie sabe si tomar o no en serio tras una pregunta periodística.
Lacalle recogió el guante: le dijo que fijara día y hora.
Ayer Mujica volvió sobre el tema en un acto: "Los voy a tener pistoneando, estoy esperando un poco más. Si me conviene voy a debatir con Dios, con el diablo con la virgen María, con el doctor Lacalle". Y dio una pista: el problema son "los resultados electorales".
En un escenario de paridad ante un eventual balotaje, un debate entre los principales contendores luce como una instancia inevitable en algún momento de la campaña. No se trata de una obligación institucional, sino de un deber de responsabilidad de los candidatos frente a los electores y una forma nueva, como tantas que han surgido, de comunicar ideas y mostrar estilos.
En los hechos, los candidatos siempre debaten a distancia, a través de los medios, proponiendo, criticando, atacando y replicando, pero ofreciendo a la opinión pública un salpicado de ideas inconexas. Un debate cara a cara, -en un marco de respeto mutuo y reglas previamente establecidas- permite el desarrollo de las propuestas de manera orgánica, su comparación, y que cada ciudadano aquilate la seriedad y el conocimiento de los temas de las personas por las que va a emitir su voto a la Presidencia de la República.
Los electores no van a descubrir en una instancia así los diferentes y distantes estilos personales de los presidenciables. Ambos los han hecho evidentes en sus trayectorias y, aunque Lacalle aparezca más veces sin corbata o Mujica con traje en ocasiones especiales, sus improntas no van a cambiar ni van a sorprender a los ciudadanos.
Mujica, como lo da a entender, hace depender este riesgoso paso de la evolución de la intención de votos que reflejen las encuestas. No se trata de que vaya "primero", como va el Frente Amplio en todos los sondeos y haga peligrar esa posición. Es común que los que van primero no quieran asumir riesgos innecesarios de sufrir un tropezón mediático. La disposición de Lacalle a debatir con Mujica es más comprensible, porque el Partido Nacional va algunos puntos atrás en las encuestas. Sin embargo, como se está ante un posible escenario de segunda vuelta, en el que Lacalle contaría con el probable apoyo del Partido Colorado (al menos), en rigor está hoy en paridad con Mujica. Y ésta es una situación estable en el tiempo, anterior y posterior a las internas y que, por cierto, puede cambiar antes de octubre, tanto como mantener en suspenso al país hasta el escrutinio del último voto.
Esta paridad es un incentivo al debate, aun cuando éste probablemente no modifique el escenario de paridad. Sin embargo para muchos ciudadanos sería un aporte relevante, porque va a brindar, más allá de las divergencias conocidas, una noción del tenor de la campaña y, lo que es más importante, una señal sobre el futuro de un país que puede dividirse en los comicios, pero no necesariamente fracturarse en los próximos años.