ALEJANDRO NOGUEIRA
Mientras las fórmulas presidenciales se mantienen más o menos activas, en todas las tiendas hay conciliábulos y se afina el lápiz para la confección de las listas. Las nuevas reglas electorales acotan las viejas acumulaciones por sublemas, lo que fuerza acuerdos en los departamentos del interior y listas únicas al Senado.
Los resultados de cada agrupación en las elecciones internas de junio pesan a la hora de ubicar a los dirigentes, aunque también gravita la decisión de los líderes que premian lealtades y valores de gobierno en políticos que, por sí, no tienen votos o aparatos.
Los medios de comunicación informan estas negociaciones y decisiones y resulta por demás atractivo para muchos ciudadanos conocer el orden de las planchas, los políticos que se colocan, los que caen. Y estas arquitecturas electorales que pueden leerse desde la humana avidez de poder y figuración son, sin embargo, en su sentido profundo, una expresión más del funcionamiento del sistema democrático representativo.
Esos políticos -algunos nos gustarán más, otros menos- son a la postre los depositarios del gobierno, en su amplio sentido, y han hecho de esa tarea su profesión. Son funcionarios rentados por la ciudadanía para el ejercicio del poder político, cualquiera que sea su partido, cualquiera sea el lugar a que los lleve su destino.
La desvalorización de esta actividad, tan menoscabada a veces (como lo fue de forma generalizada en los tiempos previos a la dictadura militar) no supone más que devaluar el sistema democrático.
Sin duda que, en todo tiempo y lugar, algunos depositarios de esa fe pública la han traicionado, afectando al conjunto de los políticos profesionales. Pero ¿cuál sería la alternativa? Los partidos de elite que se han probado en los regímenes totalitarios han demostrado ser más dañinos y corruptos, en el fascismo o en el comunismo; los gobiernos militares, con dirigencias castrenses y de civiles obsecuentes han tenido similar comportamiento.
Si en la lógica del poder está la posibilidad de la corrupción, en la lógica del poder omnímodo está la de la corrupción absoluta. Además, naturalmente, ambos tipos de gobierno han conculcado libertades ciudadanas y violado los derechos humanos.
Por eso conviene celebrar este tiempo de codazos en los diferentes partidos políticos, y el que vendrá, en el que los ciudadanos distribuirán el poder generando equilibrios y dando carne al sistema de controles de la democracia que, perfectible, aun vulnerable, es el mejor que conocemos.
Además, según los politólogos, el próximo gobierno no tendrá mayorías parlamentarias, lo que obligará a la negociación y al acuerdo, lo que también es un sano seguro de democracia.