La clase política está en deuda con los ciudadanos uruguayos hace 15 años. Es demasiado tiempo. Esto se debe a la ausencia de debates públicos televisivos, cara a cara, previos a las elecciones, entre los candidatos a la presidencia de la República. Sin embargo, Luis Alberto Lacalle siempre se ha mostrado dispuesto a debatir, tal como lo hizo con Jorge Batlle, en agosto de 1989. Coherente con su pensamiento y su postura anterior, aún antes de ocurridas las internas y sin todavía saber si sería el elegido del Partido Nacional, ni quien su principal contrincante, no dudó en volver a tirar el guante. El convite a sus adversarios tuvo, como era de esperar, una muy buena acogida, pero se ha tenido noticia en estos días, que José Mujica, el candidato del Frente Amplio, quiere esquivar el bulto y no desea aceptar el reto.
Una novedad lamentable, porque ya que se ha metido a hombre político, debería sentirse comprometido como persona pública que aspira -ahora a través de las urnas- a la conducción del país, a no rehuir ninguna oportunidad que contribuya al esclarecimiento del electorado. Es cierto que este candidato goza regularmente de largos espacios de tiempo en los noticieros -sobre todo en algunos-, de televisión abierta, para decir lo que pasa por su cabeza, lo mismo que por la audición diaria en la que desde hace años habla de todo un poco. Pero esto no es lo mismo que un mano a mano, con su principal rival.
Ni tampoco es serio, proponer que quien debata sea su vice, mientras él se dedica a "predicar", como lo sugieren desde sus tiendas, porque no es cuestión de tomarle el pelo a la gente. Los candidatos a presidente por los dos partidos con mayor fuerza, son el ex presidente Lacalle y el senador José Mujica y son ellos dos, los principales protagonistas. Más allá de que la invitación hecha por el primero, haya sido extendida también a los líderes de los otros partidos, el Dr. Pedro Bordaberry por el Partido Colorado y el Dr. Pablo Mieres, del Partido Independiente.
Los debates presidenciales son parte ineludible de las campañas electorales en países donde existe una arraigada convicción democrática y son vistos como un elemento que hace a la solidez del sistema. Estados Unidos es el más vívido ejemplo de ello, y los debates también ocurren al momento de las internas. Una vez dirimidas éstas, al alcanzar la contienda final y competir por la presidencia, llegan a haber hasta tres debates, centrados en distintos temas, como los que se pudieron ver y oír urbi et orbi entre Barack Obama y John McCain, cuando las últimas elecciones norteamericanas el año pasado. Costumbre que se impuso hace mucho tiempo, siendo la primer polémica televisada, la ocurrida entre John Kennedy y Richard Nixon en 1960. Un episodio político que quedó grabado en los anales políticos de ese país y el mundo.
En lo nacional posdictadura, se produjeron estos encuentros antes de las elecciones de 1984, en las de 1989, como ya se mencionara y cuando todavía existía la ley de lemas, por lo que había diversidad de candidatos. En ese momento, Jorge Batlle polemizó con todos ellos. En los comicios de 1994 también se enfrentaron Ramírez y Vázquez; Vázquez y Sanguinetti, pero Alberto Volante se negó. Al llegar las de 1999 y estrenarse el sistema de balotaje, luego de la reforma constitucional, Tabaré Vázquez rehusó debatir con Jorge Batlle y tampoco aceptó hacerlo en las de 2004. Ya es hora entonces, de cumplir con esta demanda.
Los debates no son algo descartable, de acuerdo a los intereses personales del candidato o su entorno, sino que se trata de un mecanismo importante y vital para el ciudadano que debe decidir su voto o reasegurarse en su, tal vez, ya tomada decisión. A través de la pantalla, hombres y mujeres, el ciudadano común, escuchará el contraste de propuestas, la profundidad de los argumentos, la convicción con que se transmiten las ideas, el contrapunto de las distintas posiciones y puntos de vista, las diversas concepciones políticas y filosóficas, la credibilidad que emana de cada uno y hasta las coincidencias que puedan haber. Al tiempo de poder observar también, el lenguaje corporal; el que transmiten las miradas, las sonrisas, el ceño fruncido o simplemente las actitudes.
Cualquier candidato que esté seguro de sí mismo, de lo que propone y lo que ofrece, no debería negarse a esta oportunidad de contactarse con los electores. De lo contrario, lo que cabe preguntarse es, ¿por qué se niega? ¿Qué oculta? ¿ ¿A qué le teme?