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JORGE ABBONDANZA
Las travesuras de algunas figuras públicas alimentan un mundo de noticias que se sentiría perdido sin despilfarros, estafas o adulterios. En una época como la actual, abrumada por tanta banalidad verbal o escrita, la chispa de la información se enciende cuando alguien roba mucho dinero a mucha gente, como Bernard Madoff, pero también cuando una notabilidad divierte al prójimo con otro escándalo. Desde los Kennedy perdiendo la cabeza por Marilyn o Menem expulsando a Zulema de la quinta, el flamear de las sábanas de dos plazas ha ventilado el mercado de las noticias. Y ni hablar de España, con las cupleteras y las marquesas.
Claro que la ensalada erótica no siempre está servida en bandeja. A menudo hay que esperar hasta que salte un fusible conyugal, como el del príncipe Charles y Lady Diana, cuyo epílogo fue un clamoroso funeral y cuya segunda parte restableció la corriente entre el heredero sexagenario y Camilla Shand, sosegando por fin las agitadas alcobas. Siempre hacen falta datos frescos para el hambre de los medios, así sea la vaporosa inestabilidad del matrimonio Beckham, los revendedores de entradas para la pompa fúnebre de Michael Jackson o los afanes paternales de la pareja Pitt-Jolie, por hablar de los más conocidos en el lobotomizado circuito de los chismes, ese festín que rellena todo rincón del boletín de las noticias.
El consumidor puede quedarse sin saber en qué medida la guerra de Afganistán infiltra a los países vecinos o por qué razón murieron tantos iraquíes en el atentado de ayer. Pero no puede quedarse sin saber la última novedad del matrimonio presidencial de Francia, esa telenovela que comenzó con una demanda de divorcio durante el desembarco del titular en el Elíseo y ha proseguido con su famoso entusiasmo por la sirena italiana que bajó de la pasarela y subió al palacio.
En semejante corral ya nada puede asombrar. Por eso cuando Silvio Berlusconi colmó la paciencia de su mujer Verónica Lario y tiró una cana al aire con Noemí Letizia (napolitana de 18 años que parece pintada por Botticelli) no estaba descalabrando un campo informativo ya habituado a esos trotes. Y tampoco lo altera con las fotos íntimas sacadas durante los festejos que organizaba en Villa Certosa, sobre la Costa Emeralda de Cerdeña, ni cuando la divina cuarentona Patrizia D`Addario confesó que había pasado la noche con el Cavaliere en Palazzo Grazioli -la principesca residencia romana del primer ministro- y que lo había hecho por dinero. El decoro y la promiscuidad, el enriquecimiento y la bancarrota, el matrimonio y la aventura fugaz, la honorabilidad y el soborno. Todo eso ha ido a parar a un caldero que hace hervir los valores más añejos hasta evaporarlos. Bajo la humareda de ese fogón, va quedando poco de la vieja formalidad o del antiguo equilibrio. Algo así como el fin del mundo, pero satinado.
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