El populismo

Hebert Gatto

A partir de una mirada crítica al concepto de populismo, vagamente definido como aquel tipo de política que atiende los intereses del pueblo, se ha dicho que cualquier régimen o movimiento puede incluirse bajo el mismo, desde el peronismo al movimiento agrarista norteamericano de fines del siglo XIX. Tanto abarca esta categoría que al final, al cobijar fenómenos históricos muy disímiles entre sí, nada denota, salvo el aplauso o la reprobación.

Seguramente la situación sería más sencilla si en lugar de concebir el populismo como una ideología, tal como el liberalismo o el socialismo, definidos por sus contenidos, se lo pensara como una dimensión de cualquier práctica política, pasible de combinaciones con toda clase de movimientos o regímenes. Una dimensión formal siempre presente, en tanto modernamente los políticos representan al pueblo, pero que en algunas personas, movimientos o partidos, adquiere más desarrollo que en otros, llegando en ocasiones a constituirse en el elemento central del hacer político. Tanto que es capaz de desplazar a la propia ideología, priorizando en su lugar la relación directa del líder con las masas, definidas estas de muy diversas maneras.

Mediante este reduccionismo, podemos encontrar dirigentes populistas formando parte de movimientos que no necesariamente se adaptan a esta conjunción. A su vez el populismo podrá situarse a derechas o a izquierdas, como ha ocurrido con el fascismo, el varguismo o el chavismo, dependiendo de los otros contenidos a los que preste su estilo y simbología.

Así entendido puede definirse al populismo por la presencia de un líder carismático que apela e interpreta a un sujeto político místico: el pueblo, mediante un lenguaje y una constelación de valores compartidos, a efectos de imponer las aspiraciones de este. El líder es el hombre que mediante una serie de atributos naturales, fundamentalmente la autenticidad y el sentido común, que presuntamente comparte con el hombre llano -más llano y auténtico cuanto más humilde y desposeído-, es capaz, mediante un discurso de corte popular de otorgar al pueblo conciencia de sus potencialidades, proyectándolo a la acción pública a efectos de romper el "statu quo".

El llamado es directo, sorteando mediaciones institucionales que traban la acción del conductor y de las masas. En lo que constituye una apelación implícita a la utopía de la democracia no representativa, donde al ser el pueblo al mismo tiempo gobernante y gobernado, posibilita el triunfo sin cortapisas de su irrestricta voluntad mayoritaria.

De allí el frecuente llamado a Asambleas Constituyentes refundadoras efectuado por los populismos latinoamericanos más recientes, donde to-do, incluyendo los derechos y las garantías, es pasible de redefinirse.

El tema, mezclado en dosis variables con un enfrentamiento con el liberalismo, considerado un intelectualismo foráneo, exige mayores desarrollos, pero incluso en sus perfiles más primarios otorga instrumentos para reflexionar. ¿Existen en Uruguay movimientos o figuras inequívocamente populistas, o únicamente cercanías con este discurso? ¿La cultura política nacional es receptiva a este fenómeno? ¿El populismo, así caracterizado, es útil para entender nuestro actual proceso político?

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