La política, los votos y los valores

IGNACIO DE POSADAS

En una de esas reuniones, propias de las campañas electorales, con una empresa de opinión pública, comentando el resultado de una encuesta acerca de los temas que más preocupan a la opinión pública, me señalaban que los dos primeros lugares vienen siendo ocupados por la seguridad y el empleo, en ese orden. Mientras que el tema de la pérdida de valores corre bastante más atrás.

El comentario de los expertos en opinión pública venía a cuento por el énfasis que Concordia Nacional está poniendo sobre ese fenómeno social. De hecho, la preocupación por el deterioro cultural y hasta moral que vive nuestra sociedad es una de las causas por las que volví a la política activa y de la creación de Concordia Nacional, fruto de una visión coincidente con Analía Piñeyrúa y Gonzalo Aguirre.

Estamos convencidos de que nuestro país vive el aceleramiento de un proceso de decaimiento que afecta bienes y valores que hacen a la esencia del ser nacional: el respeto por la vida, la confianza en la libertad del hombre, la convicción de que sólo sobre la familia puede construirse una sociedad integrada; la imposibilidad de vivir en sociedad si no se respeta el estado de derecho, la seguridad personal como condición mínima necesaria de una calidad de vida aceptable, etc., etc.

Al reducir la política a lo económico, (dándole la razón a Marx), hemos ido perdiendo conciencia de que el país que queremos se nos va escapando entre los dedos, como la arena en la playa.

El mensaje de los expertos, sin embargo, era contrario a esa preocupación. Fieles a su profesión de interpretar manifestaciones de opinión, emitidas bajo formas que permitan su evaluación con criterios numéricos, lo que me estaban diciendo era que había errado el bizcochazo. Traducido a castellano básico, el consejo era: "largá esos temas que así no juntás votos".

Bobos no son. El consejo no era para echar en saco roto así nomás.

Lo medité, volví a analizar los cuadros y me dije que había allí una paradoja (y una ironía). Los encuestadores tienen razón, pero yo también. Si lo que me importa es juntar votos, su razón es más fuerte que la mía. Pero si la finalidad primordial de hacer política es otra, mi razón debía prevalecer.

No hay duda de que el temor por el desborde delictivo ocupa lugar central en las preocupaciones de la gente y es lógico que así sea.

Pero tampoco puede caber duda alguna de que en la raíz de ese problema está el deterioro de valores básicos, objeto de nuestra preocupación y prédica.

Para tratar de cambiar las cosas, o por lo menos, de mejorarlas sustantivamente, hay que llegar al poder y eso quiere decir, juntar votos. Pero también hay que ayudar a concientizar a la gente. Vivimos en una sociedad muy conservadora, con una cultura fuertemente nostálgica, que habla continuamente del cambio, pero que sólo lo quiere para el otro (mi caso es distinto). No basta entonces con tomar medidas, hay que explicar, convencer, liderar.

El auge de la delincuencia, con sus características "modernas" de violencia irracional, es apenas la parte visible de un gigantesco iceberg social más que económico. Apenas por debajo hay un fenómeno de marginalidad creciente, al cual los planes economicistas del gobierno no han hecho la menor mella y el fracaso estrepitoso de nuestro sistema estatal de educación, cuyas líneas rectoras han sido un laicismo esterilizador y el mito de la igualdad como meta social fundamental.

Si no se reconocen estos fenómenos, la preocupación limitada a la parte visible del iceberg será genuina y tendrá sus consecuencias favorables, tanto políticas como gubernativas, pero no habrá encarado el fondo del asunto.

Durante décadas, la izquierda yorugua, maestra en el dogmatismo simplificador, convenció a muchísima gente de que nuestros problemas eran de fácil explicación: la consecuencia de estructuras económicas injustas, fabricadas e impuestas por oligarquías neoliberales, clientelistas y corruptas. Hoy, después de haber estado casi cinco años en el poder y ante una realidad que no sólo no se comportó como prometieron, sino que va de mal en peor, empieza a verse que las causas son muy otras.

En definitiva, si no puedo juntar votos y abrir ojos al mismo tiempo, prefiero optar por lo trascendente. Pero me resisto a creer que mis conciudadanos están tan enceguecidos u omnibulados.

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