CARLOS REYES
En el centro del espacio escénico, una especie de estanque acapara la primera impresión. Superado el golpe de efecto, más arriba, hacia la cabeza del teatro, una pequeña habitación corona la escenografía. Estamos ante Las sirvientas, un texto fundamental del dramaturgo francés Jean Genet, que María Varela dirige en el Teatro Victoria.
Un vestido de enormes proporciones y color intenso sale del agua, tirado por una soga. El público lo ve subir sobre el estanque, mientras escucha las gotas de agua, que producen sonidos sugerentes. Cecilia Baranda y Pelusa Vidal encarnan a las dos hermanas protagonistas, en un mano a mano que vértebra la mayor parte del espectáculo.
Basada en un hecho real de la crónica roja, el autor toma ese episodio sangriento para proponer una meditación sobre la libertad, la servidumbre y la violencia contenida, de manera similar a lo propuesto por Marguerite Duras en La amante inglesa.
Desde la dirección, Varela aprovecha la intensidad del texto para montar un espectáculo fuerte, plantado en una referencia geográfica y temporal imprecisa, que aumenta el carácter extraño del texto, con su mezcla inquietante de ferocidad y lirismo. Las hermanas fantasean, se enfrentan, pasan de la realidad a lo onírico, en variaciones que permiten gran histrionismo, especialmente a Baranda.
La escenografía de Osvaldo Reyno, las luces de Martín Blanchet y el vestuario de Soledad Capurro logran un trío consistente, que da el marco justo para esta historia oscurísima, que abre una interrogante sobre la perdida de la identidad, y el descenso hasta lo más horroroso como camino para conocerse.
Las sirvientas fue puesta en escena por Alberto Restuccia en 1970 en El Galpón, y por Marcelino Duffau en 1981 en La Máscara, con los papeles protagónicos a cargo de Myriam Gleijer y Nelly Goitiño. Más recientemente Sergio Lazzo la puso en escena en el hall de la Sala Vaz Ferreira, en 1997, en un montaje que le valió un Florencio Revelación. Ahora, una nueva versión invita a revisitar este clásico.