GUILLERMO ZAPIOLA
Vuelve uno de los grandes acontecimientos de la televisión. Esta noche a las 22.30 comienza en HBO la segunda temporada de "En terapia", el espléndido drama psicológico producido por Rodrigo García y protagonizado por Gabriel Byrne.
La estructura sigue siendo básicamente la de la temporada anterior, aunque algunos cambios resultan significativos. El más importante de todos es acaso la situación marital del protagonista. Paul Weston (Gabriel Byrne) está ahora divorciado, luego de sus conflictos matrimoniales y su enamoramiento (que lo condujo a un callejón sin salida) hacia una de sus pacientes. También enfrenta un cargo por mala praxis: el padre del personaje de Alex, su suicidado paciente el año anterior (Blair Underwood), lo acusa de la muerte de su hijo. Y aunque la demanda no sea del todo justa, Paul arrastra sus propios sentimientos de culpa. Toda esa carga de conflictos será discutida semana a semana por el interesado con su propia terapeuta (Dianne Wiest), otro personaje que ha sobrevivido de la primera temporada.
VARIANTES. El cambio es también físico: la acción se ha mudado de su original ambientación en Maryland a un departamento en Brooklyn (es decir Nueva York, es decir la capital universal del freudismo y sucursales), lo que puede ser entendido para Paul como un descenso de `status`. Y aunque la estructura dramática sea básicamente la misma (un encuentro con un paciente distinto cada día de la semana, la terapia con Wiest los viernes), los guionistas se han jugado esta vez más claramente a la interacción entre los casos que el terapeuta debe manejar y sus conflictos personales.
El caso más claro puede ser el del joven Oliver (Aaron Shaw), un adolescente cuyos padres se están divorciando. Es inevitable que ese conflicto de su paciente empuje al protagonista en su propio naufragio matrimonial. Pero ocurre algo parecido con la cuasi batalla entre Byrne y el veterano ejecutivo interpretado por John Mahoney: el indisimulado desprecio que este último expresa acerca de los procedimientos terapéuticos a los que ha aceptado someterse puede sacar al primero de sus casillas, e inducirlo a plantear algunas discusiones que en la primera temporada habría preferido evitar.
Y qué decir, por supuesto, de la abogada de Hope Davis. Su papel más obvio en el drama es representar a Byrne en la demanda por negligencia que el padre de Underwood ha levantado contra él, argumentando que su hijo no hubiera vuelto a volar si su terapeuta no lo hubiera convencido de que podía hacerlo. Pero esa es solamente una de las caras de la historia. Davis fue paciente de Byrne años atrás, y puede tener acaso su propia agenda.
En terapia había sido ya un desafío para sus hacedores y su público en su primera temporada, y acaso por ello, y pese a su excepcional calidad, no tuvo (al menos en los Estados Unidos) los niveles de audiencia de otros productos de HBO: la acción aparecía concentrada al máximo (por lo general, dos únicos personajes dialogando en una habitación), el formato de tira diaria (de lunes a viernes) en lugar de semanal hace que no todo el mundo esté en condiciones de seguirla. No todo el mundo dispone de tiempo todos los días a la misma hora para prestarle atención a un programa de televisión, por bueno que éste sea.
Sin embargo, los ejecutivos de HBO no se arredran. Por una parte, confían en el producto, aclamado por la crítica y ciertamente apreciado por el público (que no fue tan insignificante) que lo siguió sin perderse uno de los cuarenta y tres capítulos de la primera temporada. Por otra parte, esperan que los cambios atraigan a una audiencia más amplia que la del primer ciclo. Tal vez no se equivoquen.
En primer lugar, tienen a su favor una cuestión de proximidad cultural. Según se ha señalado, la primera temporada seguía casi palabra por palabra el original israelí en el que basaba, con apenas los mínimos cambios culturales necesarios para trasladar a Maryland una acción que originalmente transcurría en Tel Aviv. Esta vez trabajan con un material escrito directamente para la versión norteamericana, lo que permitiría a los guionistas ser más específicos en la elección del `target` (como suelen decir horriblemente los encargados de `marketing`) al cual se dirigen.
Gabriel Byrne reconoce que le sigue costando interpretar a un personaje que está sentado el 99% del tiempo. "Lo cambia todo", dice. "El lenguaje corporal se reduce al máximo. Es como estar en una silla de ruedas". Por otra parte admite que un rasgo de su personaje es la quietud (hay que estar quieto para oír a los demás), pero eso arriesgaba hacerlo menos interesante.
MOVILIDAD. "Si se está quieto, hay que estar atento al momento en que la cámara vuelve hacia uno. El espectador debe quedarse con la sensación de que estás pensando, no simplemente de que estás ahí. En el papel eso es muy fácil, pero al rodarlo se vuelve bastante complicado", añade el actor.
Byrne insiste en que no es sencillo lucir "pensante", y no dejar que el paciente crea que uno lo hace. Otro de los desafíos es, según él, encontrar "nuevas formas de escuchar", mostrar que uno está interesado en la verdad que el otro está tratando de decir.
El actor reconoce que fue "un trabajo infernal". Prácticamente no hay una escena en la que él no esté presente a lo largo de toda la segunda temporada, y ello implicó aprenderse de memoria mil quinientas páginas de diálogo. Una de sus ventajas, afirma, es que ha aprendido a leer rápido, descubrir cuáles son los puntos centrales de una escena, y armar el resto en torno a ello.
Con respecto a la situación de su personaje Paul en esta temporada señala que se encuentra "en transición". Vive con los recuerdos y hasta los restos del naufragio de la temporada anterior, al tiempo que enfrenta el desafío de una nueva serie de pacientes. Uno de los aspectos del guión que más lo atrajo tiene que ver con el personaje de Davis, que discute el rol actual de la mujer.
Dianne Wiest es una vez más la contrincante y la consejera
Tiene sesenta y un años, de chica quiso ser bailarina pero luego entendió que lo suyo era realmente la actuación. Alcanzó probablemente su cenit en los años ochenta, en varias películas de Woody Allen, y no ha parado desde entonces.
Dianne Wiest interpreta nuevamente en En terapia a Gina, la psicóloga a la que Paul Weston (Byrne) concurre los viernes para discutir sus propios conflictos. El personaje de Gina opera a la vez como confesora, consejera y paño de lágrimas del protagonista, aunque también es capaz de cuestionarlo y ponerlo ante sí mismo con un considerable rigor ético cuando llega a ser necesario. Por lo general, representa el equilibrio y el sentido común ante la serie de problemas propios y ajenos que Paul trae semana a semana a su consultorio El aire a la vez maternal, comprensivo y exigente de la actriz la ayuda a sacar adelante al personaje. Será un placer reencontrarla en la nueva temporada.
Algunos de los nuevos personajes
April - Alison Pill
Otra de las nuevas pacientes: una inteligente, frecuentemente peleadora estudiante de arquitectura que carga con un problema que se irá revelando de a poco pero sobre el que, literalmente, es totalmente incapaz de hablar. Para comunicarse al respecto con Paul Weston solamente puede hacerlo por escrito en trozos de papel.
Mia - Hope Davis
La abogada que Paul (Gabriel Byrne) contrata para que lo represente en un caso por presunta mala praxis. Años atrás, la mujer fue paciente de Paul, y quizás tenga motivos privados para encargarse del caso. Lo estrictamente profesional y algunas complicadas razones personales se combinan en su actitud.
Walter - John Mahoney
Mucho espectador puede recordar al actor Mahoney por su cómico padre de la serie "Frasier". En la nueva entrega de "En terapia" llega en cambio al diván del terapeuta Byrne con problemas más serios: sufre ataques de pánico, desconfía de los tratamientos psicológicos, y a veces enoja a su terapeuta.