Cuál es la esencia de una nación? El territorio es importante, también lo son el tamaño de su población, sus riquezas naturales y la ubicación geográfica. Pero, el elemento esencial de una nación es algo inmaterial: la cultura, el conocimiento, la materia gris de sus habitantes.
Renan escribió que una nación es un espíritu, un principio espiritual compuesto de dos elementos: uno fundado en el pasado, que es la posesión de un rico legado de memorias, y el otro en el presente: la voluntad de perpetuar el valor del legado que se ha recibido. Ese espíritu no solamente es importante para la existencia y persistencia de una nación, sino también para su desarrollo económico y social, que, en última instancia, es un proceso cultural. Como lo revelan, por ejemplo, las diferencias en el grado de desarrollo entre las dos mitades de la actual Alemania o entre el caso de Nueva Zelanda y el Uruguay.
La importancia de lo cultural, como factor de unidad nacional y de fuerza social y espiritual que impulsa el desarrollo de una sociedad, se ha acentuado enormemente en las últimas décadas como resultado del creciente predominio de los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión y de Internet.
Las bibliotecas -especialmente las bibliotecas nacionales- son un instrumento fundamental en la indispensable empresa de preservar el pasado, sobre el cual se funda la nación, y de atesorar el conocimiento, del cual depende nuestro futuro.
El papel de estos institutos ha evolucionado con el tiempo. Así, el estatuto de la Biblioteca Británica define que su misión es funcionar como centro nacional para la referencia, estudio y servicios bibliográficos y de otros tipos, en relación a la ciencia, la tecnología y las humanidades. De ser un acopiador sistemático de publicaciones, las bibliotecas modernas se han transformado en centros de información interdisciplinarios, modernos, dinámicos y accesibles.
Pero, en realidad ¿es aquello tan novedoso?
No tanto. Han cambiado los instrumentos, pero la idea fundamental es la misma.
En su Oración Inaugural en la apertura de la Biblioteca Pública de Montevideo, en ocasión de las fiestas mayas del año 1816, Dámaso Antonio Larrañaga observó que la nueva nación que nacía a la independencia, "mucho tenía que hacer" y se preguntaba "¿dónde están los medios? ¿Dónde los ingentes caudales que necesitamos para ello? ¿Dónde?" Y respondió: en "el fomento del pastoreo y de la agricultura, en la libertad del comercio, de la pesca y de la navegación, en la acertada dirección de las rentas" y citaba un conjunto de obras básicas sobre esos temas, incluyendo a libros de autores como Adam Smith, Condorcet y Jovellanos. Quizás con algo de ingenuidad, pero con mucho idealismo, Larrañaga concebía a la Biblioteca Pública como un instrumento para el desarrollo del país.
Hoy, casi dos siglos después de su fundación, ¿cumple la Biblioteca Nacional con aquel papel, tan importante, para el desarrollo con que se ilusionaba Larrañaga?
La respuesta seguramente sería negativa.
Así lo demuestra la nota de El País (6 de agosto), donde se esbozan los cambios que comienzan a tomar forma en la Biblioteca Nacional. Porque, a pesar de esos progresos, es evidente que queda mucho para hacer y que para ello se requiere bastante más que la buena voluntad de sus funcionarios y los denodados esfuerzos de su director.